La persona que se enfrenta a la posibilidad manifiesta de perder su vida (conciencia anticipatoria) vive una serie de etapas o modalidades de duelo, las cuales ni son excluyentes entre sí, ni se presentan todas, no siempre la una sucede a la otra, no representan una línea de continuidad sin vuelta atrás, sino que por el contrario es posible encontrarnos con regresiones a etapas
“superadas”. Estas están ampliamente documentadas y corresponden a las siguientes:
Negación, experimentada tanto por personas a quienes se les comunicaba que tenían una enfermedad mortal desde el primer momento como por aquellos que llegaban por sí mismos a tal conclusión. En esta fase la persona duda de los resultados de las exploraciones, pide nuevas opiniones, solicitan ir a otros hospitales. Generalmente la negación es una defensa provisional de la persona y no se debe interpretar su rechazo como definitivo, pues superada esta fase será posible entablar con la persona una comunicación productiva, pero en esta fase la persona es la que marcará el ritmo del diálogo, se iniciará a instancia suya y ha de terminar cuando el sujeto no pueda seguir afrontando los hechos y vuelva a la negación rotunda.
Ira, cuando no se puede seguir manteniendo la negación surge la pregunta ¿por qué yo? y, mirando a otra persona, llegan a pensar ¿por qué no habría podido ser él? Esta fase es la que mayores dificultades presenta para familiares y cuidadores ya que la ira del afectado se desplaza en todas direcciones, proyectándose sobre lo que le rodea, a veces casi al azar. Los médicos son malos, “permiten que les metan en la habitación un compañero lastimosamente enfermo”. Las enfermeras se convierten en blanco de su disgusto aún más a menudo, las personas en esta fase continuamente reclaman su atención a la vez que se quejan de que no les dejan descansar. A donde quiera que mire la persona en esos momentos, encontrará motivos de queja.
Pacto, menos conocida pero igualmente útil para el enfermo, suele ocurrir durante breves períodos de tiempo. Se trata de una especie de acuerdo que posponga lo inevitable. Las personas piden un poco de tiempo para asistir a la boda del hijo, o al nacimiento del nieto, etc. La mayoría de los pactos se hacen en silencio, con Dios, y apenas se mencionan, pero para el personal sanitario que atiende a éstos pacientes puede ser útil conocer los comentarios que la persona haga (generalmente al capellán, o a las enfermeras) porque pueden denotar sentimientos de culpabilidad ante los que el profesional puede intervenir para eliminarlos.
Depresión, ocurre cuando el paciente terminal no puede seguir negando su enfermedad, viéndose obligado a pasar por largos y agresivos tratamientos, períodos de hospitalización, agravamiento de los síntomas, adelgazamiento, debilidad, etc.. “No puede seguir haciendo a mal tiempo buena cara. Su insensibilidad o estoicismo, su ira y su rabia serán sustituidos por una gran sensación de pérdida”. El sentimiento de pena asoma ante la pérdida de la imagen corporal (mutilaciones de mama, útero, voz, etc.) y se agrava con la alteración de las relaciones sociales y del rol familiar y laboral. Los que trabajan o cuidan a estos pacientes conocen las razones de esta depresión, pero suelen olvidar que “es el dolor preparatorio por el que ha de pasar la persona desahuciada para disponerse a salir de éste mundo”. En la ayuda y cuidado de las personas que atraviesan por esta fase, resulta de utilidad la ayuda espiritual, la asistencia social, las relaciones sinceras, etc., contribuyendo a mantener la autoestima, a la reorganización del hogar, etc.
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