En el año 1905 irrumpen en la hacienda San Vicente Ferrer, comuna de Calle Larga, para almacenar las abundantes cosechas de los campos de Pocuro, diciéndonos que se colmaron de cañas de maíz, conservando bajo condiciones de anaerobiosis el suplemento para el ganado consumido en esas frías temporadas invernales.
Contándonos además que la ganadería, sementeras y maizales eran los paisajes andinos de la primera mitad del siglo XX. Que la vida de hacienda tocaba la campana al amanecer, el llavero abría las bodegas y oficinas, el capataz distribuía las obligaciones de los inquilinos, los maestros panaderos entregaban las galletas de campo y cabalgaban los vaqueros y ovejeros al interior de las serranías del fundo.
Seguramente, la arquitectura habrá intervenido en el diseño cilíndrico de los silos, o la ingeniería estudio la mejor forma de conservación. Sea como fuere, estos gigantes de concreto se hicieron característicos en la producción campestre, al igual que graneros, hornos de tabaco y galpones.
Estos fueron los primeros edificios rurales en aparecer, cumplieron su cometido de manera muy artesanal en un principio y con mayor complejidad después. Otras formas y alturas dominan hoy la agroindustria, de manera que los que actualmente observamos están en vías de extinción.
Su función era mantener el forraje desde la época de cosechas hasta el invierno. El ensilaje es una materia verde, cañas de maíz, avena u otros, la que es mantenida con muy baja cantidad de oxígeno para su conservación. El funcionamiento era de cuidado y de compleja factura, pues sus gases y no pocos incendios producidos por combustión, requerían experiencia en su manejo. En realidad, es una obra de ingeniería, con escaleras, capachos y ventanas para el llenado, ventilación y control.
Podemos hacer un circuito de unos pocos kilómetros y ver varios de estos gigantes silenciosos. Al venir desde Santiago y llegar a la zona de Chacabuco, unos 200 metros al oriente es posible acceder a un hermoso silo que se encuentra junto a un viejo galpón de adobe. Si entramos por el camino hacia Libertadores y giramos a la izquierda en San Vicente podemos ver 6 silos juntos, al frente de unos añosos corrales que servían de engorda, con alimento conservado en los silos. Volviendo a la ruta internacional, en el sector del puerto terrestre de El Sauce, en el fundo del mismo nombre, se levantan con dificultad otros dos. En Los Villares, villa el Encuentro, es posible verlo a modo de monumento y también está el característico de la familia Andrade, en Tocornal.
En un recorrido nocturno, se nos muestran aún más imponentes. Los crujidos de sus anillos nos inquietan. Una lechuza anidada vuela en busca del lauchón para sus crías. Así ha sido la trayectoria de los silos por más de un siglo. Si bien, fueron reemplazados por otras tecnologías, el principio de conservación del forraje se mantiene, solo varia la eficiencia.
Hasta ahora el desuso no ha sido causal para que mueran los gigantes del campo, el devenir del tiempo nos dirá de su sobrevivencia. El hecho de que la parte antigua de la ex hacienda San Vicente Ferrer, casa, jardines y silos, hayan sido declarado patrimonio, nos indica que el “chissss” de la lechuza alba, anuncia que al menos éstos, descansan y duermen a salvo.
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