Lunes, 10 de Mayo de 2021  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Ir por lana y salir trasquilado …

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Los campos andinos del 1900 estaban colmados de ovejas, pues las praderas naturales que subían los montes satisfacían una conducta de rebaño y se multiplicaban en valles y lomajes. La raza merina cumplía con el objetivo de hacer crecer los vellones para las hilanderías de la época. Iniciaron además una tradición que se mantiene hasta nuestros días, estas son las veranadas de cordillera, donde los arrieros pasan hasta 5 meses alejado de sus familias.

Los rebaños ovinos se recuerdan en potrerillos con cercos de mallas y postes de acacias, con esas típicas puertas con anillos de alambres en la parte superior e inferior. Generalmente utilizando praderas naturales, malezas que crecían entre hileras en los huertos frutales y especialmente en rastrojos de trigo, porotos u otros cultivos bajos. Los lomajes eran especiales para la etapa de pariciones que se producían en los meses de mayo y junio, cuando las praderas verdeaban y quedaban aptas para alimentar las madres, produciendo un volumen de leche para criar su cordero.

La localidad de Ranchillo, cerca de la cuesta, donde termina Rinconada, tiene una tradición criancera, espectaculares paisajes de bosque esclerófilo y espinales, los que siguen siendo ramoneados por las ovejas y las cobijan en largas siestas, rumiando tranquilamente bajo sus copas. En la época de pariciones, los celosos pastores encerraban los rebaños, para protegerlos de zorros, águilas y perros alzados.

También se recuerdan los rebaños de Sergio Vargas, que balaban sobre las praderas del Huape. Hermosos corrales y galpones de esquila se levantaban en la media falda. Los caminos que subían y bajaban los cerros, eran la huella que seguían los ovejeros y sus perros para los rodeos de manejo. Las subidas a las veranadas alcanzaban las alturas en las posturas de río Colorado, donde los centenarios corrales de piedra las recibían.

 

Aún se puede rememorar los rebaños de don Hugo Montenegro, en la postura de la curva cero de Caracoles, previo a la construcción del tranque de la hidroeléctrica y posterior inauguración del Parque Juncal Andino. Los grandes rebaños del 1900 ya se han ido. Sin embargo, en las parcelas pequeñas sigue la crianza, y las razas caras negras han ido lentamente reemplazando los merinos, pues la lana ya casi no se trabaja, de manera que la carne es la que se requiere.

La historia de los rebaños en el Aconcagua ha cambiado de sobremanera. Las estadísticas han ido mermando, las razas ya son otras, mas las condiciones de manejo son las que más han variado. Increíblemente entre picunches y huarpes los rebaños podían ir de un lado a otro de la cordillera, sin límites ni fronteras. Posteriormente sólo los abigeatos hacían mirar las tropillas entre oriente y poniente.

El romanticismo del ovejero que domina la cordillera en las veranadas de Aconcagua, ha tenido que adaptarse en los tiempos actuales y seguir al pie de la letra las leyes y manejos que hoy se estilan. Los O’Neal del pasado quizás no lo habrían aceptado, pero los tiempos cambian y la mirada del servicio respectivo se asocia a la modernidad.

Los arrieros si quieren ir a las veranadas, antes de preparar las pilchas, aperos y viaje, se han encontrado con una serie de requisitos. Don Eduardo Astargo estaba acostumbrado desde pequeño a subir sobre los tres mil metros, atravesar las quebradas y dormir al sereno con 14 grados bajo cero. Un día fue a la oficina del ministerio, por su Autorización de Subida y Bajada de Campos de Pastoreo Cordillerano, sin embargo, debía cumplir con el (FMA), formulario de movimiento animal, (RUP), rol único pecuario, (DEA), declaración de existencia de animales, (DIIO)dispositivo de identificación individual oficial. Desconcertado salió de esa oficina y apesadumbrado exclamo “fui por lana y salí trasquilado “

Se alejan los pastores andinos, las industrias y telares se han tenido que reinventar. Los galpones de esquila gastados por ventarrones, quedaron como mudos testigos de esos tiempos. Las huellas del ganado del 1900 ya son recuerdos y las veranadas silbando entre quebradas, acogen mayoritariamente otras especies.

 


 
 
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