Lunes, 18 de Octubre de 2021  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Río Blanco ancestral …

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero.

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El hermano Marcelino Ortega, de la congregación Marianista, dando una clase de historia y geografía en los años sesenta, se detiene en detalle en la descripción de un poblado que le había llamado mucho la atención en nuestro país. En un cerrado español, los jóvenes estudiantes escuchan atentamente lo experto que era su profesor en dicha localidad. Un halo enigmático clausuraba la sala de clases al ver como el maestro se poseía en la charla de la bajada de las aves dominantes de la cordillera desde el cerro Nido de Cóndores.

La gracia de don Marcelino era máxima al mezclar experiencias de senderos nevados bajo añosos árboles, entre las campañas de Rusia en la Segunda Guerra Mundial y un pequeño pueblo rural de precordillera llamado Río Blanco de Los Andes. Algunos estudiantes disentían y requerían respuestas de esta asociación tan disímil. Calmadamente, a veces, el profesor se tomaba un minuto y con total seguridad nombraba locomotoras y carros que transportaban granos en ambas latitudes. Pero no solo eso, amalgamaba historias increíbles de ataques de fieras entre grandes rocas comparando poderíos de tigres y pumas.

El segundo recreo de la jornada matinal distendía la atmosfera del tren siberiano lleno de prisioneros de los aliados, grandes fusiles y rechinar de los fierros al detenerse en una miserable estación de aquel páramo. Muñoz no lograba entender que tenía que ver nuestro poblado rural, sin embargo, la imaginación de don Marcelino no tenía limites en las rápidas asociaciones que, en su mente, se conjugaban bajo tres días seguidos de nieve pluma de ganso. Guarecido en un viejo galpón de piedra y latones que crujían misterio en inviernos sinfín.

A la semana siguiente esos jóvenes esperaban ansiosos la inspiración del profesor, quien hacía una película entre verdades y alucinaciones. Aguilera, joven alto, sentado al final de una fila, levantaba su desgarbada figura para inquirir sobre otros lugares de la geografía nacional, de hecho, se ofrecía para ir a buscar el mapa al salón anexo a la sala de profesores. Aprovechando la audiencia ansiosa, inicia la segunda parte de su Rio Blanco predilecto.

Quiere explicar brevemente la importancia del poblado, pero su español castizo lo envuelve nuevamente y entre consultas y comentarios alarga la letanía. Con seguridad absoluta y como si hubiese vivido la época, describe las razones por las cuales los indígenas preparaban las marchas en Río Blanco. Un lugar intermedio a 1.400 msnm. era lo ideal, al igual que los montañistas, preparar la cumbre, y de esa manera estrechaban manos y conocimientos los pueblos aconcagüinos ancestrales como los picunches, incas y huarpes.

Las huellas de carretas del 1700 alcanzaban el abrigo del poblado, luego de largas penurias al pasar desde Paramillos en Uspallata hasta las tierras andinas, cargadas con sacos llenos de minerales originados allende Los Andes, destinadas a las plantas de refinamiento. Los granos, semillas, charquis y mistelas también acompañaban las cargas, donde las mulas a paso firme sobrepasaban todas las estribaciones cuyanas y andinas.

La campana no sabía de historias y a la hora exacta musitaba el fin de la hora. Las inquietudes de los alumnos no se detenían y hacían prometer al maestro Marcelino continuar con tan particular poblado. Costumbres centenarias, minerales, climas rigurosos, carretas desafiando montes y cóndores guardianes, ambientaban la mejor de las charlas. Se abría la puerta al recreo, sin embargo, los alumnos más inquietos se agolpaban y solicitaban un adelanto de la siguiente clase. Don Marcelino invitaba a estudiar el sin igual tren transandino.

Un martes, frío y lluvioso se presentaba el profesor, vistiendo humildemente camisa celeste, pantalones grises gastados y un albo delantal, todo en juego a esa cabeza cana que albergaba experiencias, conocimientos e imaginación, muy singular. Un “buenos días muchachos”, y Garay interrumpe con la historia completa de los hermanos Clark. Un silencio sepulcral se hizo sentir y unas lagrimas de don Marcelino brotaron del alma, al saberse con el deber cumplido en sus dotes de maestro.

Cientos de obreros experimentados llegaron al Aconcagua a finales del siglo XIX, con la experiencia de los principales ferrocarriles de Europa, otros tanto nacionales y los robles se fueron atravesando con gruesos clavos, enhebrando uno de los trazados más difíciles e increíbles que la ingeniería en esos años pudo concretar. La estación rio Blanco resultaba clave y los campamentos a su alrededor fueron lentamente cubriendo ese poblado atávico que pensaron los indígenas.

Grandes capitales se instalaban en Chile y específicamente en Río Blanco donde la Trasandine Construction Company, abría las rutas de pasajeros y cargas, uniendo Argentina y Chile, además de la Cerro Pasco Corporation que, en los cajones cordilleranos de Saladillo, instalaba faenas en el yacimiento, para captar los pórfidos de cobre y molibdeno, que se escondían en las entrañas de ese pequeño poblado rural.

Seguramente el hermano Marcelino en su larga vida de maestro, pudo descubrir otros lugares y hacer las clases más interesantes de la época, mas fue Río Blanco la que dejo mudos a los estudiantes y los andinos sabemos la causa. La naturaleza se detuvo ahí con las riquezas mineras, los cultivos y frutales no siguieron escalando y las flores de ciruelos, perales e incluso de la higuera, sólo lucen hasta esa altura.

 


 
 
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