Jueves, 19 de Mayo de 2022  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural…Me dicen que se fue …

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Me dicen que se fue. Pero no es casualidad que en numerosas situaciones su nombre recorra el valle. La señora Genoveva de Lo Calvo, con sus pesadas bolsas, lo espera aún en la esquina del hospital. Los choferes de colectivo mantienen la imagen alegre de las locuras del Parra. Víctor, uno de sus hijos, no deja de dar explicaciones de la figura de su padre y por enésima vez tiene que responder al almacenero de Casuto su ausencia. Qué será que el aura de algunas personas no desaparece en años. Me dicen que se fue…pero.

Una y otra vez recorría la línea de la portería, sus pasos decían tener las 8 yardas o 7,32 metros que decía el reglamento y con un pequeño salto alcanzaba los 8 pies o 2,44 metros de altura, que confirmaba la teoría. Su pinta de larga cabellera, cintillo tipo argentino, largas medias y golpeteo de guantes, completaban la imagen intimidatoria para cualquier delantero. En el borde del área grande, sacando con la mano o su pierna derecha, tiraba su equipo hacia adelante y si algo faltaba, sus desgarrados gritos eran la alegoría del juego.

De la época de la pelota de trapo en los 50, ya la dominaba en lodosos terrenos de Nilahue Barahona, por allá en los pueblos de Santa Cruz. Familias numerosas y las pichangas de barrio eran cotidianas. Los arcos no importaban y los duelos familiares se armaban de una, sin importar los puestos, parches de mujeres ni el famoso arquero jugador. Tiempos de lluvias en Colchagua, ojotas de neumáticos y ponchos de lana cruda, eran las imágenes campesinas de aquel período, donde se forjaban personalidad, espíritu deportivo y de equipo. Todos importaban, desde el trancador al diferente. Años más tarde, las canchas andinas supieron apreciar, sin duda, quién fue el distinto.

Unas temporadas en Santiago. Estudios agrícolas. Una mirada a Mónica y la profesora que se enamora de un sureño que toca la guitarra, no sigue la huaracha, pero si las rancheras clásicas de los grandes de México.Las llamadas del dolor, amor y desamor por los grandes de siempre como: Jiménez, Negrete, Vargas, Fernández y otros. Un flaco animoso, deportista y melancólico al ver ese perro callejero que, moviendo su cola, provocaba su amistad. Víctor y Francisco llegarían a completar el grito en esa familia armoniosa afincada en barrio Patagual de Rinconada de los Andes.

Su tercer destino lo encuentra el año 1976 y la provincia de Los Andes comienza a conocer un refuerzo bajo los tres palos, uno muy particular, en imagen y rendimiento. En Rinconada los clubes Juventud Torino, Gálvez, Casuto y Diamante supieron de su impronta y también de levantar las copas. Carácter y condiciones lo llevaron al profesionalismo y Cobre Andino y Unión San Felipe, en la década del 80, lo vieron en la formación, caminado la línea, gritando lo indecible y descolgando los centros envenenados. Al fin cumplía sus sueños imaginados en los potreros de Nilahue.

Quizás su vida adulta es la que tenemos más presente y donde vamos, encontramos su huella, y como no hacerlo si los barrios siempre lo reclamaron. Casa Anny, Vialidad en Los Andes, Unión Cordillera, Nogales, El Higueral en San Esteban, Boca Juniors en Santa María, Andacollo en San Felipe y seguramente más de uno se nos olvida en su recorrido. Cómo todo buen arquero también supo de engaños en penales, cómo cuando en la cancha de San Pedro, comía el polvo con un zurdazo de Reinaldo Cuadra, de BancoEstado, quien envolvía sin titubeos una pelota al palo contrario.

En las canchas de barrio, el tercer tiempo no se hace esperar y, obviamente, se idealizan en los relatos las jugadas del partido. Los túneles son con látigo incluido, las habilitaciones con lienza, los golpes son secos al balón, los centros siempre en carrera, las paredes de primera, las paradas son de pecho, tres dedos entre líneas, descolgadas de una mano, tapadas con mano cambiada y así suma y sigue. Sin embargo, nuestro personaje nos tenía una sorpresa, mientras el choripán estaba por salir. Como los grandes de la historia, saca su cuaderno y no lee sus copas ni triunfos. En mala caligrafía nos mostraba los nombres y partidos de los mejores goles que le habían marcado en su carrera… sin palabras, hechos que lo retratan de cuerpo entero.

Esa imagen de verlo llegar sobre la hora en la cancha de Las Cadenas es memorable. Dejando a medio estacionar su vehículo, con su polerón de arquero puesto, seguramente en un semáforo o en el taco de la subida de Los Ciruelos, corriendo y dejando tiradas las vendas para ponérselas más adelante, pero asegurando su vincha del pelo. Haciendo reverencia a sus compañeros y rivales con la boina, que le gritaban bromas por su retraso. Solicitando respetuosamente permiso al árbitro para incorporarse al campo y el primer reto al lateral izquierdo que no revienta, mientras se acomoda las canilleras. Esa tromba de movimientos y desparpajos no la olvida el mundo del fútbol andino.

Me dicen que se fue un 25 de octubre del año 2012 y que habita en el Parroquial de Rinconada, donde Mónica, Víctor y Eduardo le cuentan las novedades familiares. Mas doña Genoveva lo sigue viendo, cuando carga sus pesadas bolsas destino a San Esteban. Múltiples equipos lo esperan en sus formaciones domingueras, su cuaderno es ejemplo en el tercer tiempo y con su mano cambiada sigue llegando al vértice.

En octubre ya se cumplirán 10 años de su partida, y seguimos hablando de él. Me dicen que se fue … pero.


 
 
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