Hablar de “adicción al celular”, se ha vuelto casi una conversación común. En redes sociales, en la sobremesa, en las escuelas, universidades y hasta en conversaciones profesionales, usamos el término con bastante liviandad. Sin embargo, desde la psicología clínica, aun no existe un consenso para definir el uso del celular como una adicción formal, al estilo de los trastornos por consumo de sustancias. Los estudios científicos y la evidencia empírica apuntan a una categoría menos rimbombante, pero más rigurosa: uso problemático y/o compulsivo del celular.
Con esto, no se busca minimizar el fenómeno, muy por el contrario, ya que los estudios muestran patrones muy similares a los de otras conductas adictivas como la pérdida de control, la prioridad del teléfono por sobre otras actividades, el uso pese a consecuencias negativas y el malestar cuando se intenta reducir su uso.
Lo que sí está claro es que el teléfono inteligente conversa muy bien con nuestro cerebro dopaminérgico. Cada notificación, cada “like”, cada mensaje nuevo opera como un pequeño laboratorio conductual en el bolsillo: recompensas intermitentes, impredecibles, que activan los circuitos de recompensa, reforzando la conducta de revisar el dispositivo una y otra vez. En adolescentes y adultos jóvenes esta ecuación es especialmente delicada: la sensibilidad a la recompensa social está aumentada y las áreas de control ejecutivo, todavía están en proceso de maduración, lo que facilita el uso impulsivo y la dificultad para poner freno.
Desde la clínica, empiezan a aparecer escenas cada vez más frecuentes: personas que toman el teléfono apenas abren los ojos, antes incluso de registrar cómo se sienten; estudiantes que describen “síntomas de abstinencia” cuando intentan estudiar sin celular; adultos que confiesan no saber qué hacer con una hora libre si no pueden scrollear. No es exageración literaria: varios estudios que restringen el uso del celular documentan irritabilidad, inquietud, ansiedad y una sensación de “falta de algo”. A nivel cerebral, se observan cambios en la reactividad de circuitos asociados a la recompensa y la saliencia cuando se limita el uso por algunos días, un patrón que nos recuerda, en pequeña escala, lo que se ve en otros cuadros adictivos.
Es aquí donde la neurociencia, abre un espacio para la esperanza y la responsabilidad; el cerebro también responde cuando el péndulo se mueve en la dirección contraria. Intervenciones breves, de apenas tres días de reducción o suspensión del teléfono, muestran modificaciones en áreas como el núcleo accumbens y la corteza cingulada anterior, es decir, en regiones clave para la motivación, la inhibición y la asignación de importancia a los estímulos. Otras investigaciones sugieren que estas “dietas digitales” pueden disminuir el poder de captura atencional del dispositivo y favorecer una recuperación, al menos parcial, de la capacidad de concentración y de la motivación menos dependiente de gratificaciones inmediatas. Pero los efectos no se limitan a la atención. Revisiones sistemáticas han vinculado, de forma consistente, el uso problemático del celular con peor calidad de sueño, más síntomas de ansiedad y mayores niveles de depresión, especialmente cuando el teléfono invade la noche y la cama.
Lo que ocurre con esto, es que la luz azul retrasa la melatonina, la sobreestimulación cognitiva y emocional a última hora y la rumiación alimentada por comparaciones sociales y miedo a “perderse algo”, dificultan la capacidad para conciliar y mantener un sueño reparador. Paradójicamente, el objeto al que recurrimos para regular el malestar termina, muchas veces, amplificándolo.
Hay una dimensión menos comentada y, quizás, más inquietante: nuestra creciente incapacidad para tolerar el aburrimiento. El celular se ha convertido en una prótesis afectiva frente a cualquier asomo de vacío: la espera en la fila, el viaje en metro, el silencio después de una discusión, los minutos antes de dormir. Desde la neurociencia sabemos que esos momentos de “no hacer nada” activan la red por defecto, un conjunto de regiones implicadas en la reflexión interna, la construcción del relato de sí y la consolidación de recuerdos.
Desde la práctica clínica, abordar esta relación de dependencia implica algo más que aconsejar “usar menos el celular”. Requiere trabajar sobre tres niveles. Primero, el nivel del hábito: identificar gatillos, cambiar rutinas (por ejemplo, dejar el teléfono fuera del dormitorio, sustituir el gesto automático de tomarlo al despertar por otra acción breve y consciente) y establecer límites claros de tiempo y contexto. Segundo, el nivel emocional: reconocer qué estados afectivos se están regulando con el dispositivo, ansiedad, tristeza, soledad, sensación de vacío, y construir, junto a la persona, otras formas de cuidado y contención que no dependan exclusivamente de la pantalla. Y, tercero, el nivel de sentido: preguntarse qué lugar ocupa el teléfono en la vida psíquica de cada quien. ¿Es una forma de escapar de un mundo experimentado como hostil? ¿Un intento de control permanente sobre vínculos frágiles? ¿Un refugio frente a una realidad que se percibe pobre en gratificaciones?
La invitación no es a demonizar la tecnología ni a idealizar un imposible retorno a la desconexión total. El celular es una herramienta potente, y para muchas personas es también un recurso de apoyo social, laboral y afectivo legítimo. La invitación es, más bien, a recuperar la posibilidad de elegir. Que tomar el teléfono al despertar no sea un reflejo inevitable, sino una decisión. Que haya, en el día, pequeños espacios libres de pantalla donde el cerebro pueda descansar, la mente pueda vagar y el psiquismo pueda pensarse sin intermediarios. La pregunta que vale la pena hacerse no es sólo cuánto tiempo pasamos frente al celular, sino cuánto espacio le dejamos al aburrimiento fértil, al silencio y al encuentro con otros y con uno mismo.
En un mundo que celebra la hiperconexión, defender esos espacios puede parecer un gesto contracultural. Desde la psicología y la neurociencia, es también un gesto de salud mental.
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