ACONCAGUA (15/03/2026).- El uniforme escolar es una de las imágenes más reconocibles de la experiencia educativa en Chile. Sin embargo, detrás del jumper azul marino, la corbata o el buzo institucional, existe una historia que dialoga con los proyectos políticos, los ideales de género y las transformaciones sociales del país.
Para Javiera Fermandoy, académica de Diseño de Vestuario y Textil de la Universidad Andrés Bello, el uniforme nunca ha sido solo una prenda funcional.
“Tal como evoca la palabra, el uniforme tiene como objetivo uniformar las apariencias. Es una forma de control y disciplina para el cuerpo y la moral, al mismo tiempo que ordena y reconoce a quienes lo portan dentro de una estructura social, identitaria y política”, explica a Los Andes Online.
Del orden religioso al proyecto republicano
Las primeras regulaciones sobre vestimenta escolar en Chile se remontan al período colonial, cuando la educación estaba en manos de la Iglesia. No existía un uniforme formal, pero sí una exigencia de vestimenta “apropiada”, vinculada a la modestia y la moral católica.
Con la consolidación de la República en el siglo XIX, la educación pasó a ser un pilar del proyecto estatal. Instituciones como el Instituto Nacional y la Universidad de Chile marcaron una nueva etapa, donde la vestimenta comenzó a alinearse con ideales republicanos y burgueses.
En ese contexto, los varones adoptaron chaqueta, chaleco y pantalones, siguiendo la sobriedad europea post Revolución Francesa. En el caso femenino, el delantal se convirtió en símbolo transversal.
“El delantal representaba el imaginario doméstico y el rol privado asignado a la mujer. Mientras la estética masculina estaba asociada al espacio cívico y público, la femenina reforzaba la idea del hogar y el cuidado”, señala Fermandoy.
Higiene, disciplina y modernidad
Durante el siglo XX, el uniforme se consolidó como parte de un proyecto modernizador e higienista. La escuela pasó a ser un espacio de regulación del cuerpo: revisión médica, educación física y estandarización del mobiliario.
En 1931 se estableció un uniforme transversal para escuelas primarias, permitiendo solo la incorporación de insignias institucionales. El objetivo era igualar y ordenar las apariencias.
Sin embargo, la tensión entre pertenecer y distinguirse nunca desapareció.
“La sociología del vestir plantea esta tensión permanente entre imitación y distinción: queremos formar parte de un grupo, pero también diferenciarnos”, explica la académica.
El jumper y los cambios de género
Uno de los hitos más emblemáticos fue la incorporación del jumper femenino en 1968, inspirado en las líneas rectas de los años sesenta. Posteriormente, en 1971, se autorizó el uso de pantalón azul marino para las estudiantes durante el invierno, tras la presión de jóvenes que exigían mayor comodidad e igualdad frente a sus pares masculinos.
“El uniforme femenino ha sido un terreno de disputa en torno al movimiento, la comodidad y la igualdad. Cada modificación refleja cambios en los roles de género y en las demandas sociales”, afirma Fermandoy.
Dictadura y disciplina corporal
Tras 1973, el uniforme adquirió una connotación más rígida y militarizada. Largos exactos de jumper, corbatas ajustadas, zapatos lustrados y cabello corto eran parte de una inspección constante.
“El cuerpo estudiantil sistemáticamente uniformado refleja los ideales impuestos por la Dictadura. El uniforme se transforma en un dispositivo visible de orden y disciplina”, sostiene.
Mercado, diferenciación y brechas
Con el retorno a la democracia y el modelo educativo descentralizado, los establecimientos obtuvieron mayor autonomía para definir sus uniformes. Desde 1995, cada institución puede establecer su diseño, siempre bajo criterios de sobriedad y funcionalidad.
Esto abrió la puerta a una mayor diferenciación estética entre colegios públicos y privados. Conjuntos tipo blazer, faldas inspiradas en el estilo inglés y telas con tartán comenzaron a marcar distinción.
“Se pasó de un proyecto que buscaba difuminar las marcas de clase a uno donde la identidad institucional se construye también desde el consumo”, analiza la académica.
¿Eliminar o flexibilizar el uniforme?
En los últimos años, el debate se ha intensificado. Nuevos modelos pedagógicos priorizan el movimiento y la comodidad, lo que ha impulsado el uso del buzo como uniforme oficial en muchos establecimientos.
A ello se suman demandas desde la inclusión de estudiantes trans, personas con discapacidad y estudiantes neurodivergentes, quienes cuestionan la rigidez, el binarismo de género y las exigencias sensoriales de ciertos uniformes tradicionales.
“La pandemia debilitó la legitimidad simbólica del uniforme. El aprendizaje continuó sin él, lo que evidenció que su función es principalmente disciplinaria y representacional más que pedagógica”, explica Fermandoy.
Hoy, el uniforme sigue existiendo, pero su sentido ya no es incuestionable.
“El uniforme no puede sostenerse solo en la obediencia estética del cuerpo. Debe dialogar con las transformaciones sociales, pedagógicas y culturales del presente”, concluye.
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