Podemos romantizar la autosuficiencia todo lo que queramos: "no necesito a nadie", "estoy bien solo". Suena emancipador, casi heroico. Pero, desde el punto de vista psíquico, esa idea no se sostiene. El otro no es un accesorio: es estructurante.
Necesitamos a los demás para verificar que existimos en una experiencia compartida. Para recordar que lo que sentimos no es completamente ajeno al mundo. Que alguien puede mirarnos y decir: "a mí también me pasa", "eso que sientes tiene sentido". Sin ese eco, la vida mental tiende a volverse más solitaria y, a veces, difícil de simbolizar.
Esto no aparece recién en la adultez: parte en el juego infantil. Jugar con otros es una de las vías privilegiadas para organizar la experiencia. Ahí se ensayan roles, se tramitan afectos, se construye mundo. Cuando ese espacio fue pobre, inseguro o doloroso, no es extraño que en la adultez la amistad quede teñida de evitación o desconfianza. Personas que desean el vínculo, pero lo anticipan como amenaza; que anhelan cercanía, pero no saben tolerarla. Muchas veces no es desinterés, sino defensa.
A esto se suma el contexto: jornadas laborales extensas, cansancio crónico y pantallas que simulan contacto sin implicar realmente a nadie. La paradoja es evidente: nunca fue tan fácil escribirle a alguien y nunca ha sido tan difícil encontrarse de verdad.
Es cierto, no todos necesitamos la misma cantidad de amigos. Pero no tener ninguno —y que eso no sea una elección genuina— merece ser pensado. Sobre todo cuando aparecen señales de sufrimiento, aislamiento persistente, evitación social intensa o pérdida del interés por el otro. Ahí no hablamos solo de personalidad, sino de malestares como ansiedad social o depresión que empobrecen los vínculos.
Hacer amigos en la adultez implica exponerse, tolerar cierta incomodidad e insistir más de lo que quisiéramos. También requiere mirar hacia dentro: qué espero del otro, cuánto espacio cedo, cuánto me protejo. A veces se necesita un espacio terapéutico donde el vínculo pueda pensarse y, sobre todo, vivirse de otra manera.
Porque la amistad no es un lujo de la vida adulta. Es parte de su sostén, de la red que nos contiene y de la confianza básica que nos permite habitar el mundo. Y, afortunadamente, no somos tan autosuficientes como nos gusta creer.
|