Ha pasado el tiempo en la montaña, los siglos nos acompañan con numerosas historias que vienen desde hace milenios. Ahora nos ocupa 1984 y lo vemos año a año cada vez más lejano y es entonces que nos preguntamos, ¿cómo fueron esos inviernos, serían diferentes las tormentas, éramos distintos los funcionarios o la palabra destino tendría alguna responsabilidad en lo sucedido?
La historia del SAG, se inicia sólo en 1967, apenas diecisiete temporadas antes del fatídico alud que se desplazó ladera abajo del cerro El Indio. La oficina ubicada en San Rafael con Carlos Díaz, se instaló desde su origen en lo que era una deshidratadora de frutas, paredes que de manera increíble aún permanecen y sostienen la fiscalización agropecuaria andina. Un puñado de técnicos agrícolas, dos veterinarios y tres agrónomos se desplegaban en el territorio, pasaban los años y la dotación no aumentaba significativamente. Domingo Valdés Galdames, médico veterinario de la Universidad de Chile, dirigía la sección pecuaria.
Una de las tareas que se realizaban con cierta anticipación y regularidad eran los turnos de frontera, con cinco técnicos, un auxiliar o servicio menor y un profesional, agrónomo o veterinario. El doctor Valdés, como encargado sectorial pecuario, sólo realizaba subidas esporádicas y por el día al control Libertadores, sin embargo, desde hacía un tiempo le daba vueltas la idea de hacer un turno completo. Contando con la anuencia de Moisés Hervias, encargado de Protección Pecuaria Regional, llamó al médico veterinario Hugo Silva Serrano, quien era el jefe de turno asignado, para comunicarle que lo reemplazaría.
Siempre ha sido un poco incomprensible esa urgencia de subir del doctor Valdés. Su experiencia asociada al mundo de los arrieros podía intuir cierta situación de riesgo. La expresión “La cordillera viene muy cargada; si entra calor, el cerro puede correrse”, era lo que se comentaba esa temporada en la montaña. De hecho, es un año recordado por “la nieve que bajaba hasta donde hoy cuesta imaginarla”.
Domingo Valdés, oriundo de las tierras costeras de Chanco, a pesar de las grandes nevazones que se estaban produciendo subía a su primer turno, con una mirada indiferente a las cornisas de nieve que débilmente se afirmaban en las laderas aledañas al complejo.
Bastaba el viejo Land Rover para subir con el turno casi completo, ni trenes ni buses, (recordemos que el transandino aún funcionaba). Las paredes de nieve ya se habían acumulado en los costados de Caracoles, mientras el tránsito de frontera estaba cerrado. Podemos imaginar sin dificultad ese ambiente, puesto que lo vivimos muchas veces en nuestros turnos posteriores.
Domingo Valdés dejaba atrás a Iris, su mujer, y Gloria, su hija. Arriba recibía de parte de Fernando Errázuriz, encargado de turno, viejos cuadernos de hojas de oficio indicando el acta de entrega, lo que daba cuenta de un acto funcionario tradicional, que sin imaginarlo pasaría a convertirse en histórico.
A través de los años hemos ido desentrañando esa presencia y obra de cada funcionario SAG, que le entregó la vida al cerro El Indio. Esta vez nos estamos refiriendo al querido doctor Domingo Valdés, quien tratando de realizar todas las funciones que un profesional andino debía saber, se encontró frente a frente con los riesgos de la montaña, que de cuando en cuando cobra vidas, como deseando incorporar almas a las entrañas de esos perfiles mágicos que nos muestra en sus cumbres.
Muchas veces en largas jornadas de tormenta cordillerana conversamos con Hugo Silva sobre ese cambio providencial de su turno, irremediablemente había emoción y silencio, pues no siempre juega a tu favor la indescifrable y predeterminada fuerza invisible llamada “destino “.
Cayó la montaña en esa madrugada del 3 de julio de 1984. Se pudo escuchar el silencio, ese provocado por el estupor ante una naturaleza indómita. Ya no hemos vuelto a ver el transandino ni el caminar de nuestros penitentes desaparecidos, mas servidores públicos, trabajadores de vialidad, aduaneros, policías y tantos otros seguimos encontrándonos en el macizo durante cada invierno, mientras las nubes vuelven a abrazar las cumbres y los vientos golpean los faldeos de Libertadores. Se hace consciente de los riesgos, conocedores de la historia y respetuosos de una montaña que nunca termina de revelar su carácter.
Han pasado cuarenta y dos inviernos, mas hoy recordamos la huella de Valdés, que sigue perceptible en la ladera norte del cerro El Indio,
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