En un contexto económico global aún incierto, el Índice Mensual de Actividad Económica de Chile para noviembre de 2025 registró un avance de apenas 1,2% respecto al mismo mes del año anterior, según datos preliminares del Banco Central. El crecimiento observado, aunque positivo, fue más débil de lo esperado y confirma que la recuperación sigue siendo frágil y desigual. Más que una sorpresa coyuntural, este resultado evidencia vulnerabilidades persistentes en la estructura productiva del país.
Uno de los factores que explica este comportamiento es el estancamiento del sector minero, históricamente uno de los principales motores de la economía nacional. La menor producción en esta área no solo impacta las cifras agregadas, sino que también profundiza brechas territoriales y tensiona el empleo en regiones altamente dependientes de la actividad extractiva. Cuando la minería se desacelera, sus efectos se propagan rápidamente al resto de la economía, afectando ingresos fiscales, inversión y dinamismo local.
Este escenario complica, además, el cumplimiento de las metas de crecimiento proyectadas por las autoridades para el cierre del año. Con un margen cada vez más estrecho, cualquier perturbación adicional —ya sea externa, como la volatilidad internacional, o interna, como la persistencia de presiones inflacionarias— puede terminar por debilitar aún más el desempeño económico. Más allá de los números puntuales, el mensaje de fondo es claro: la economía chilena enfrenta límites estructurales que no se resuelven con ajustes de corto plazo.
Entre estos desafíos destaca una inversión privada que se mantiene contenida, influida por un clima de incertidumbre regulatoria y por una relación cada vez más tensa entre el Estado y el mundo empresarial. A ello se suma un consumo interno que no logra consolidar una recuperación sólida, pese a diversos estímulos aplicados en los últimos años. Este conjunto de factores obliga a preguntarse si las políticas actuales están siendo suficientes para reactivar el crecimiento de manera sostenida.
Chile necesita avanzar con mayor decisión hacia una diversificación productiva que reduzca su dependencia de sectores volátiles. Invertir en capital humano, innovación, educación y desarrollo tecnológico no es solo una aspiración de largo plazo, sino una condición necesaria para enfrentar un entorno global cada vez más competitivo y cambiante. Sin una base productiva más amplia y sofisticada, los ciclos de desaceleración seguirán repitiéndose.
Con todo, no todo el panorama es sombrío. Algunas áreas de servicios han mostrado mayor resiliencia, especialmente aquellas vinculadas al turismo y al comercio digital, menos expuestas a los vaivenes externos. Estas señales, aunque aún insuficientes, sugieren que existen espacios para una recuperación gradual si se generan las condiciones adecuadas.
El desafío es transformar estas señales incipientes en un impulso sostenido. Para ello, se requiere una estrategia coherente que combine estabilidad institucional, fomento a la inversión y una visión de desarrollo que mire más allá del corto plazo. Solo así será posible dejar atrás una recuperación frágil y avanzar hacia un crecimiento más robusto e inclusivo.
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