En un mundo hiperconectado, marcado por la sobreabundancia de mensajes, la expansión de las redes sociales y la proliferación de noticias falsas, reflexionar sobre el rol de los medios de comunicación, la confianza pública y la democracia es más urgente que nunca.
Suele afirmarse que el periodismo debe informar de manera objetiva y veraz para que la ciudadanía forme su propia opinión. Sin embargo, no basta con entregar datos: importa profundamente cómo lo hacemos.
El quehacer periodístico no es —ni puede ser— pasivo. Los medios deben intermediar entre las partes y, mediante la verificación, la contextualización y la pregunta incómoda, convertirse en un verdadero vaso comunicante entre el poder y la sociedad. Sin esa interpelación, las narrativas unilaterales encuentran terreno fértil para instalarse como verdades sin filtros.
El rol de los medios es abrir camino a la deliberación pública, levantar los temas del país y poner límites frente a agendas manipuladas por intereses particulares.
La democracia requiere contraposiciones e incomodidades para resguardar la objetividad. Como recordaba Aristóteles, el ser humano es racional, social y político, y desarrolla sus capacidades en comunidad.
El periodismo no es un actor secundario: es una pieza clave en la formación de opinión pública y en la protección del bien común. Su función interpeladora constituye una necesidad cívica y el mejor seguro para una ciudadanía informada y una sociedad democrática.
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