El 2026 ha iniciado cargado de sobresaltos. La situación crítica en Venezuela, el próximo cambio de mando en nuestro país, y un clima general de inseguridad, dibujan un ambiente confuso e incierto. El sentir es compartido: algo se ha movido en el suelo simbólico sobre el que construíamos nuestras certezas y rutinas. Desde aquí surge la pregunta ¿Qué ocurre psicológicamente cuando el mundo se torna tan incierto y no tenemos claridad de hacia dónde mirar?
La incertidumbre y la ansiedad que se sienten hoy no son un signo de debilidad individual, sino una reacción humana comprensible a un contexto político y social que cambia aceleradamente. La pregunta no es cómo dejar de sentir miedo, sino cómo transformarlo en algo pensable, compartido y manejable.
Esta incertidumbre toca un punto sensible de la mente humana: la necesidad de control. Desde la psicología sabemos que los seres humanos tendemos a anticipar el futuro como una forma de reducir la ansiedad. Proyectamos, planificamos, organizamos. Sin embargo, cuando los acontecimientos superan nuestra capacidad de comprensión, cuando las noticias se suceden con una rapidez abrumadora o las instituciones parecen desequilibrarse, emerge una angustia específica: la del no saber. En ese vacío simbólico, la incertidumbre se convierte en un escenario mental, poblado de fantasías, temores y especulaciones.
Frente a este escenario, muchas respuestas posibles se activan: negación, parálisis, sobreinformación, aislamiento o, en el extremo contrario, una búsqueda desesperada de sentido. Podemos observarlo cotidianamente: personas que siguen las noticias de forma compulsiva, otras que evitan toda conversación política, o aquellas que reaccionan con rabia ante la sensación de abandono y desprotección. Ninguna de estas estrategias es “equivocada”; todas expresan intentos de la mente por asimilar una realidad que no ofrece garantías.
Entonces, ¿Qué hacer ante este escenario de incertidumbres?, quizás lo único que podemos hacer, es aprender a habitar la incertidumbre sin someterse a ella.
Desde la psicología clínica, se sugiere que el trabajo está en fortalecer los espacios internos de estabilidad: recuperar la rutina, el vínculo con otros, la reflexión y el cuidado de la vida cotidiana. En tiempos en que el mundo exterior se torna inestable, el mundo interno pide sostén y coherencia. No se trata de desconectarse del dolor social, sino de crear una posición subjetiva que permita pensarlo sin quedar arrasados.
Chile, como muchos países de la región, se encuentra en una transición política y emocional. El cambio de mando, siempre inquietante, despierta expectativas y temores. En ese sentido, la función del pensamiento crítico, la conversación y el encuentro se vuelven esenciales. Frente al exceso de ruido informativo, pensar, aunque duela, es un acto de resistencia psíquica.
Quizás el 2026 nos exige una nueva ética de la incertidumbre: no la promesa de certezas imposibles, sino la capacidad de permanecer humanos mientras el mundo cambia.
Habitar estos tiempos cambiantes, quizás signifique aprender a vivir en un mundo inestable, pero sin entregar la vida psíquica a la lógica del miedo permanente
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