Miercoles, 11 de Febrero de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

Mujeres y ciencia: un homenaje a las pioneras

Por María Gabriela Huidobro, historiadora y académica UNAB.

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“La mujer, con iguales dotes intelectuales que el hombre, ha vivido como planta exótica, guardada por un fanal que le impedía exhalar su perfume, que es su genio”. Esta fue parte de una declaración publicada en el periódico chileno La Mujer, dirigido por Lucrecia Undurraga, en junio de 1877. Recién se había aprobado el Decreto Amunátegui que dio derecho a las mujeres a ser admitidas en la universidad y cada vez cobraban más fuerza las voces que hablaban de la importancia de ofrecer a las niñas una educación científica.

Si aún hoy estimular a las mujeres a dedicarse al ámbito de las ciencias y la tecnología (STEM) constituye un desafío, por entonces, se trataba casi de una utopía. Pero eso no desanimó a mujeres como Lucrecia Undurraga y otras tantas intelectuales y profesoras que, con convicción, se abocaron a este sueño. Hoy, a casi doscientos años de ello y en el contexto del Día de la Mujer y de la Niña en la Ciencia que se conmemora cada 11 de febrero, vale la pena rendir un homenaje a esas pioneras que se esforzaron por hacer de la ciencia, también, un campo femenino.

El contexto no les presentaba un desafío simple. En el Chile del siglo XIX, el acceso de las mujeres al conocimiento se limitaba por los roles sociales que se esperaban de ellas como madres y esposas, por lo que su formación se concebía como un complemento moral o doméstico. Sin embargo, un grupo de intelectuales chilenas sabía que las niñas y jóvenes tenían capacidades para el aprendizaje académico y que eso les abriría puertas en otros ámbitos donde desplegar su potencial y aportar a la sociedad. Así, asumieron un rol decisivo: divulgar el conocimiento científico y defender públicamente la necesidad de una instrucción femenina científica y humanista.

Desde la prensa, la copiapina Rosario Orrego fue una figura central en este proceso. Como directora de la Revista de Valparaíso, promovió la publicación de textos científicos que acercaran el saber a sus lectoras. Su labor legitimó la escritura femenina en el espacio público y contribuyó a instalar la idea sobre las capacidades intelectuales de las mujeres no sólo para comprender, sino también para producir conocimiento.

Junto a ella, Lucrecia Undurraga, directora de La Mujer, y las profesoras Eduvigis Casanova y Antonia Tarragó sostuvieron con fuerza que la educación científica no era un capricho, sino una condición para el progreso individual y social. Así, desde diversos frentes, como el periodístico y el pedagógico, empujaron un debate que preparó el terreno para transformaciones más profundas, que se materializaron en las últimas dos décadas del siglo XIX, con las primeras profesionales de la ciencia en Chile: la santiaguina Eloísa Díaz y la porteña Ernestina Pérez se convirtieron en las primeras egresadas de Medicina en América Latina, vinculando el conocimiento científico con la salud pública , mientras la copiapina María Griselda Hinojosa fue pionera al titularse en Química y Farmacia.

Sus historias no constituyen casos aislados, sino la expresión de un proceso de transformación complejo y significativo, tejido gracias a la iniciativa mancomunada de mujeres decididas y visionarias. La participación femenina en la ciencia no es una concesión reciente ni una moda contemporánea, sino el resultado de una lucha intelectual y cultural sostenida en el tiempo, protagonizada por quienes se atrevieron a desafiar los límites de su época.

Hoy, cada niña y joven que se aproxima al mundo científico lo hace sobre huellas ya trazadas. Reconocerlas no es solo un ejercicio de memoria, sino también una invitación a proyectar el propio camino con la conciencia de que toda conquista abre, a su vez, nuevas posibilidades para quienes vendrán después.


 
 
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