La Tierra gira, las estaciones se diferencian y con el frío llegan nuevos ritmos al día a día. No hibernamos como animales; el pulso de la vida nos obliga a bailar con días más cortos, luz natural que se apaga temprano y un cambio de horario que ilumina el amanecer, pero oscurece el regreso a casa. Este cambio, fue iniciado en 1968 por una sequía que afectaba la generación hidroeléctrica, alineando la luz solar con jornadas laborales de 48 horas, pero cabe preguntarse hoy ¿por qué seguimos con esta práctica? Las crisis climáticas han evolucionado, nuestra realidad sociocultural también, pero nos anclamos en medidas obsoletas que invisibilizan problemas sociales.
Este cambio de horario impacta en lo social, sumergiendo a una parte de la población en la oscuridad al terminar sus jornadas labores o de estudios. En Chile, la sensación de vulnerabilidad crece; cifras de inseguridad urbana lo confirman, en 2025, el Ministerio del Interior reportó 45.000 delitos violentos en horarios vespertinos en Santiago, un 18% más que en verano (Observatorio Chileno de Delitos), exponiendo especialmente a grupos amplios de la población; aunque es preciso señalar, que los delitos también se adaptaron y ya no esperan la noche plena; sin embargo, el retorno a casa en penumbras agrava todo. La jornada laboral que, si bien es menor a la del año 68, no se condice con los tiempos de traslados pues existe un alto flujo y desplazamientos, todos nos movemos en bloques en los mismos horarios. Asimismo, los servicios públicos y comercios mantienen horarios rígidos o cierran temprano para huir de la oscuridad; con todo, son varias las personas que sin mayores opciones transitan a ciegas. Junto con ello, baja la afluencia en locomoción post 19:00 horas en invierno al existir menor demanda menos buses disponibles, puntos de conexión fallan, plazas, calles y ciclovías carecen de iluminación adecuada, provocando caídas y accidentes. Celebramos el "ahorro energético" matutino, pero ignoramos el incremento en consumo vespertino (para quienes pueden pagarlo) y el drama de quienes vienen de periferias o zonas rurales.
Las ciudades parecen cada vez más hostiles, no amigables. Sectores con más recursos disfrutan strip centers cercanos, servicios ágiles y movilidad rápida incluso de noche, aislando cómodamente en burbujas protegidas sin cruzar comunas. En cambio, los vulnerables recorren distancias eternas para acceder a lo básico, corriendo contra la oscuridad por miedo a lo que acecha. Sin espacios de esparcimiento seguros, urge llegar a casa, afectando el ánimo y aislando estructuralmente; un aislamiento de diseño, arquitectura, acceso y luz, que impide el uso del espacio público, risas familiares o encuentros con amigos.
Urge un diseño social de territorios que rompa muros invisibles, más divisivos que los visibles. Invertir en iluminación solar para espacios públicos, reflectantes en veredas, calles y ciclovías; potenciar conectividad, movilización y tránsito con tutores o guías cual guía turística en horas de mayor flujo, como en las corridas nocturnas grupales que estén presentes en las salidas de estaciones de metros y buses. Tal vez es tiempo de eliminar el cambio horario y optar por una franja única. Hoy las jornadas son más cortas, pero desplazamientos por congestión son más largos. No basta con lo biológico; prioricemos lo humano. Planifiquemos urbes que fomenten interacción social, no aislamiento, con energías renovables amigables al medioambiente y a las personas. Así, el invierno no será sinónimo de encierro, sino de convivencia equitativa.
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