La enfermería es, ante todo, cuidado humano: algo más que realizar tareas del sistema de salud. Se trata de estar ahí, de escuchar, de cuidar la dignidad de las personas, especialmente en sus momentos más vulnerables.
Hay una dimensión del trabajo que no se ve ni se mide, pero que forma parte central de la experiencia de quien está enfermo: el trato, la forma de explicar, las horas de dedicación. En la realidad del sistema público (Cesfam y hospitales, en particular), esto es aún más evidente. Sabemos que con frecuencia los recursos son insuficientes, que la demanda de atención es alta y que es necesario resguardar cada proceso con rigurosidad. La charla corta, la explicación amable ofrecida o incluso servir un vaso de agua en momentos de angustia, se transforman en gestos pequeños, pero significativos para el paciente y su familia.
La pandemia marcó un punto de inflexión, no solo en el ámbito de la salud, sino también desde la perspectiva humana. Empujó a los equipos al límite y expuso algo que quienes trabajamos en este campo hemos sostenido durante mucho tiempo: la enfermería es un pilar. A pesar del agotamiento, el cansancio y las luchas para salir adelante, existe un compromiso real con el cuidado.
Fortalecer la enfermería es fortalecer el sistema de salud. No se puede hablar de dignidad en el cuidado, si quienes cuidan no cuentan con condiciones mínimas para hacerlo adecuadamente. El desafío es ir más allá del reconocimiento en una fecha específica y avanzar hacia un cambio genuino que incluya mejoras en la distribución del trabajo y de los horarios, además de entrega de mayores recursos. Cuidar con humanidad es una de las esenias de la enfermería, pero para sostenerlo a lo largo del tiempo requiere apoyo continuo y condiciones tangibles.
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