El debate sobre el uso de redes sociales en niños, niñas y adolescentes ha tendido a simplificarse en una pregunta: ¿prohibir o regular? Sin embargo, la evidencia y la experiencia clínica muestran que el problema es más complejo.
Las redes sociales no son intrínsecamente dañinas. Pueden facilitar la conexión, el apoyo emocional y el acceso a información. No obstante, su uso temprano, intensivo y sin supervisión se asocia a riesgos relevantes como ansiedad, depresión, problemas de sueño, comparación social y baja autoestima.
Una prohibición total, si bien puede parecer protectora en edades tempranas, no resuelve el problema por sí sola. Incluso podría generar efectos no deseados, como el uso clandestino o la exclusión social. Más que una medida aislada, se requiere una estrategia integral. Esto implica retrasar la edad de inicio, establecer límites claros, educar en pensamiento crítico y fortalecer el rol de las familias. También exige que los colegios incorporen la ciudadanía digital en sus programas y que el Estado regule a las plataformas, limitando sus mecanismos adictivos.
La clave está en acompañar, educar y regular, sin perder de vista que la adolescencia es una etapa de alta plasticidad cerebral y oportunidades.
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