Viernes, 31 de Julio de 2026  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Área 51, bajo las vigas del tiempo

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Si quieres inscribirte en un gimnasio en nuestra ciudad, algo te puede llamar la atención con este nombre tan particular: Área 51.

Mi colega y amigo Cristian Fernandois asiste a Área 51, de manera que ya tenía una buena razón para visitar ese gimnasio y atreverme a retomar la actividad física. Primero averigüé el significado de ese nombre: “base militar estadounidense ubicada en el desierto de Nevada, famosa por el misterio que la rodea y por las teorías sobre ovnis y tecnología ultrasecreta”. Inmediatamente uno podría imaginarse que asistiendo Área 51 se podría lograr una transformación física extraordinaria, casi de otro planeta.   

Paolo Villarroel, socio fundador del gimnasio en Los Andes, se percata que mi mirada trasciende a las máquinas y ejercicios. Sin que le haga pregunta alguna comienza con el relato que acrecienta mi intriga.  “Se trata de un gran galpón tipo granero de inicios de siglo XX, los dueños de la propiedad son los descendientes de la familia Moltedo. En sus inicios, esta construcción albergó a la fábrica de fideos Estrella Polar. El gimnasio Área 51 se remonta a 2016, tras una completa restauración a cargo del constructor andino Nicolás Rojas”

Cada jornada, al terminar el entrenamiento, levanto la vista hacia las viejas cerchas del galpón. Imaginando el traqueteo de las poleas, el olor a sémola recién molida y las voces de las obreras que, hace un siglo, llenaban de vida aquel mismo espacio.

La mayoría de los que entran hoy al gimnasio Área 51, ubicado en Manuel Rodríguez con Santa Teresa, piensan en pesas, máquinas y entrenamientos. Pocos imaginan que esas mismas vigas de madera, ennegrecidas por el tiempo, fueron testigos del ir y venir de obreros cuando nuestro pueblo comenzaba a convertirse en una ciudad industrial. Mucho antes de las trotadoras y las barras olímpicas, el sonido que llenaba el galpón era el de correas de transmisión, los molinos y las máquinas que daban forma a los fideos de la antigua fábrica Estrella Polar.

Trato de imaginar la ciudad que encontraron los Moltedo entre 1910 y 1940. No sólo era un valle agropecuario, todas las mañanas sonaban las sirenas de distintas fábricas: los obreros del Sila trabajaban el cáñamo; en la Oso y el Globo se procesaban toneladas de fruta; en la Pastora se envasaba la leche condensada; y el Trasandino recibía elegantes personajes que se dirigían a Mendoza, mientras los carros jaulas regresaban con ganado en pie.

Entre 1880 y 1920 se produce la gran inmigración italiana a nuestro país, parte de la cual se efectuó a través de los pasos con Argentina.  Nunca sabremos con certeza por qué Juan Moltedo eligió el nombre Estrella Polar. Quizás recordaba las noches frente al mar de Liguria, cuando los navegantes buscaban aquella estrella fija que marcaba siempre el norte. O tal vez simplemente quiso que su fábrica representara lo mismo que ella: un punto de referencia, firme y confiable. Lo cierto es que, durante décadas, también orientó la vida de decenas de familias andinas que encontraron allí su trabajo y sustento.

Nicolás Rojas me entrega varias fotografías y conversamos sobre el galpón original, sus transformaciones a través del siglo y nos quedó la duda sobre el subterráneo, pues una fábrica de fideos de principios de siglo no necesariamente lo requería para sus actividades. Miramos anclajes de fierros, antiguos desagües y el esqueleto de gruesos pilares y vigas que daban forma de la ex fábrica.

Un análisis técnico del galpón nos muestra que no se trata de una techumbre liviana moderna, sino de una estructura realizada íntegramente con maderas de gran escuadría. Las vigas poseen una sección considerable, lo que significa que el edificio se construyó para soportar una gran carga, necesaria porque una fábrica de fideos debía cubrir espacios libres, para el paso de trabajadores, carros o maquinaria. Sobre las vigas un entablado continuo realizado con técnicas tradicionales y buena calidad de ejecución.

La sirena de Estrella Polar también sonaba en nuestra ciudad, a un costado del damero central. A las siete de la mañana el gran portón ya estaba abierto. Varias carretas descargaban sacos de trigo duro mientras del interior llegaba el murmullo constante de poleas y el golpeteo de las máquinas. En el segundo piso, la luz entraba por altas ventanas e iluminaba largas mesas donde las obreras revisaban uno a uno los fideos recién secos. El aire olía a harina, madera y sémola. Afuera un carro esperaba su turno para distribuir a los almacenes del valle. Así comenzaba otro día en la Estrella Polar.

Ya era 1943, y las noticias locales indicaban una negociación de las trabajadoras por mejoramiento de salarios, algo normal por la delicada situación económica internacional. Ese hecho indica que a lo menos la fábrica Estrella Polar se mantuvo hasta mediados del siglo XX, marcando de forma importante la economía local.

Mi entrenador del gimnasio, Jesús Valdivieso, ya había dado todas las instrucciones: calentamiento, tren inferior y tren superior. Su paciencia comenzaba a agotarse. Simplemente no lograba permanecer en el presente. Mientras él explicaba cada ejercicio, yo subía los escalones hacia el segundo piso viendo difuminarse, entre el polvo imaginario, el apresurado ensacado de harinas y sémolas, el ir y venir de los obreros y el bullicio de la antigua Estrella Polar. Definitivamente, lo había sacado de quicio.

Una vez más, le pido disculpas. La crónica ha terminado. Ahora sí prometo concentrarme en las pesas y no en las prensas, en las repeticiones y no en los sacos de harinas. Y, con un poco de disciplina…espero alcanzar esa transformación física “de otro planeta”.


 
 
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