El cierre del Paso Los Libertadores ya supera los 20 días y se ha transformado en un dolor de cabeza para la logística terrestre que sostiene el intercambio comercial entre Chile y Argentina. Mientras las autoridades reconocen que aún no existe una fecha para su reapertura, crece la incertidumbre para las cadenas de abastecimiento que mueven sectores estratégicos de la actividad económica.
Cada día que el principal corredor terrestre entre Chile y Argentina permanece cerrado aumenta la incertidumbre para el comercio exterior. Sólo para tener una referencia los costos directos por cierre de 48 horas van entre los US$ 300 a US$ 800 por camión, entre estadía, reagendamiento y gestión de alternativas. Cuando la interrupción implica semanas, el impacto económico se multiplica de manera exponencial.
Y aunque existen rutas alternativas como Jama, Pino Hachado o Cardenal Antonio Samoré, ninguna reemplaza completamente la capacidad operativa de Los Libertadores. Además, desviar una operación cuando la contingencia ya comenzó implica mayores tiempos, costos y una compleja coordinación logística.
En la situación actual, se trata de más de 1.500 camiones que permanecen detenidos esperando reanudar su camino. Cada hora de espera significa reorganizar cargas, modificar itinerarios, renegociar compromisos comerciales y mantener recursos estancados.
Y el problema no se limita a los transportistas. Los camiones trasladan frutas, flores, lácteos, insumos industriales, repuestos para la minería, productos para el retail y componentes destinados a líneas de producción. Cuando un camión no llega a destino, existe una empresa que no puede fabricar o terminar una faena, una exportación que pierde competitividad o un consumidor que enfrenta retrasos en la entrega de productos y hasta el traspaso de costos por la espera.
A diferencia del transporte marítimo o aéreo, donde gran parte de los procesos son automatizados, la logística terrestre depende en gran medida de la capacidad de reacción coordinadores, conductores, agentes de aduana y operadores, quienes deben tomar decisiones para mitigar los efectos de una contingencia que cambia hora a hora. Ese factor humano, muchas veces invisible, también tiene un costo.
No se cuestiona cerrar el paso. Se entiende que es una decisión responsable para no poner en jaque la seguridad de las personas. Esa siempre debe ser la prioridad. Sin embargo, no estamos frente a un evento inesperado, por lo que se debería tener una planificación permanente.
Entonces, ¿qué estamos haciendo para que el cierre del paso Los Libertadores no nos impacte así? Porque el nuevo desafío comienza cuando el complejo vuelve a abrir y miles de nuevos camiones intentan cruzar sumados a los que ya están en espera, generando más cuellos de botella.
Con esto, existen medidas que pueden reducir el impacto. Trabajar con operadores que mantengan rutas alternativas activas, definir previamente planes de contingencia con los transportistas, disponer de inventarios de seguridad durante los meses de mayor riesgo climático y contar con redes de información en frontera que permitan anticipar un cierre antes de que sea oficial son herramientas que hoy marcan la diferencia entre reaccionar y planificar.
La logística terrestre se ha transformado en un ámbito crítico para el desarrollo económico y las soluciones de corto plazo no están a su altura. Necesitamos avanzar hacia una logística moderna más resiliente, con sistemas de alerta temprana coordinados entre autoridades y operadores, mayor digitalización de los procesos aduaneros, rutas alternativas fortalecidas y una planificación binacional que permita responder de mejor manera a eventos de mal tiempo que sabemos que volverán a ocurrir. Esa discusión no puede esperar hasta el próximo invierno.
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