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Opinión

Los 45 minutos de clases: un modelo que merece ser revisado

Por Dr. Jaime Fauré, Investigador de Psicopedagogía de la U. Andrés Bello.

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El timbre suena. Los cuadernos se cierran, las sillas rascan el suelo, el profesor guarda el plumón y saluda con un gesto que ya no alcanza a ser despedida porque la sala ya se está vaciando. Han pasado cuarenta y cinco minutos desde el timbre anterior. Pronto sonará otro. Y así, en intervalos regulares de tres cuartos de hora, transcurre la jornada escolar de millones de estudiantes chilenos. Como un archipiélago de bloques separados por recreos, cambios de sala, cambios de profesor, cambios de asignatura y cambios de registro emocional que nadie contempló del todo cuando se diseñó este modelo.

El bloque de cuarenta y cinco minutos es tan antiguo que ya no parece una decisión. Parece una ley natural. Y, sin embargo, en algún momento fue una elección, una respuesta históricamente situada a la necesidad de organizar una institución masiva con múltiples profesores y múltiples grupos de estudiantes. Tiene lógica como solución administrativa. Lo que resulta más discutible es si tiene lógica como unidad de aprendizaje.

Porque aprender no respeta los tiempos del horario escolar. Hay procesos psicológicos implicados en el aprendizaje que necesitan más de cuarenta y cinco minutos para desplegarse: la escritura de un texto con argumento propio, la resolución de un problema matemático complejo, la discusión de un dilema ético que tenga algo de verdad. En cuarenta y cinco minutos, una vez descontados los primeros cinco o diez que tarda la sala en ordenarse y los últimos cinco que se consumen en cerrar, lo que queda es apenas tiempo suficiente para explicar y pedir algo. No siempre para que ese algo ocurra de verdad.

Los profesores lo sabemos. Muchos hemos aprendido a trabajar dentro de esa restricción con una eficiencia que es, en realidad, admirable. Pero hemos aprendido también a adaptar nuestras expectativas, a no iniciar actividades que no podamos cerrar, a elegir formatos que entren en el tiempo disponible, a evitar lo que en educación se llama "abrir preguntas grandes" porque una pregunta grande que no tiene tiempo de desarrollarse no es una oportunidad pedagógica, es una frustración institucionalizada.

La fragmentación tiene efectos que van más allá de la cobertura de contenidos. Incide en el clima emocional del aula. Un grupo que se reencuentra cada cuarenta y cinco minutos con su profesor de matemáticas no tiene las mismas condiciones para construir el tipo de confianza que hace posible que un estudiante diga "no entendí nada" sin que eso le cueste algo socialmente. La profundidad relacional requiere continuidad temporal. Y la continuidad temporal es exactamente lo que el horario fragmentado dificulta de manera sistemática.

Hay también algo que ocurre con los propios estudiantes. El día escolar así organizado les enseña implícitamente que el conocimiento viene en porciones separadas, cada una con su asignatura y su lógica interna, y que no es necesariamente responsabilidad del sistema tender puentes entre ellas. Matemáticas termina cuando suena el timbre. Lenguaje empieza de cero con otro profesor. Historia no sabe lo que pasó en Ciencias. Y el estudiante transita entre esos mundos paralelos llevando consigo la tarea de encontrar conexiones que la estructura institucional no diseñó para ofrecer. Esa tarea rara vez es explícita. Tampoco es evaluada. Simplemente se espera que ocurra sola.

Lo que está en juego, también aquí, es la identidad del estudiante como alguien que puede sostener un pensamiento en el tiempo, profundizarlo, revisarlo. Esa capacidad no se entrena en bloques de cuarenta y cinco minutos interrumpidos por un timbre. Se entrena con unas experiencias largas y otras cortas, más irregulares y más exigentes, donde el desafío no quepa entero en el tiempo disponible y haya que volver a él al día siguiente. La escuela que fragmenta demasiado no solo organiza mal el tiempo, también envía un mensaje sobre qué tipo de pensamiento espera. Uno que cabe en tres cuartos de hora, y no necesita más. Y así nos va.

 


 
 
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