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Opinión

Competentes y exhaustos: la paradoja del profesor que hace todo bien

Por Damarys Roy Sadradín, directora del Magister y Diplomado en Docencia para la Educación Superior UNAB.

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Hay un perfil docente que ninguna política de innovación tenía contemplado. Maneja con soltura las plataformas y los recursos digitales. Diseña clases centradas en el estudiante. Hace, en rigor, todo lo que los planes de mejoramiento institucional esperan de él. Y está al límite.

En nuestros datos lo identificamos como perfil «tenso» y agrupa al 9 % de los 568 docentes de Chile, Colombia y Guatemala que participaron en el estudio. Alta competencia pedagógica, alta competencia digital y, al mismo tiempo, un uso intensivo de estrategias de afrontamiento desadaptativas: evitación, rumiación, autoexigencia sin pausa. El resultado es un bienestar comprometido pese a fortalezas profesionales indiscutibles.

Los hallazgos provienen del Proyecto Jorge Millas DI-0425, adjudicado en la Universidad Andrés Bello y desarrollado con la colaboración de la Universidad Pontificia Bolivariana de Colombia. Tres publicaciones internacionales lo respaldan.

La primera, aparecida en Frontiers in Education en abril de 2026, siguió a 233 docentes chilenos. Buscábamos confirmar algo que parecía evidente: que la buena docencia produce buen bienestar. Encontramos otra cosa. La competencia digital se asocia de manera directa con el bienestar psicológico del profesor, mientras que la docencia centrada en el estudiante solo llega al bienestar por una vía indirecta, cuando el docente dispone además de estrategias de afrontamiento adaptativas. Dicho en simple: manejar la tecnología reduce el estrés por sí mismo; enseñar bien, no necesariamente.

La segunda publicación, en EDUTEC, amplió la muestra a 454 docentes de Chile y Colombia, y obliga a moderar el entusiasmo. Las competencias digitales facilitan la implementación de enfoques pedagógicos innovadores y se asocian con mayor bienestar subjetivo, pero explican apenas un 4 % de la variación observada. Es un efecto real y es un efecto pequeño. Tampoco se confirmó que la práctica pedagógica opere como puente entre tecnología y bienestar. La hipótesis más cómoda, aquella que supone que innovar protege del desgaste, no resistió los datos.

El tercer estudio, aceptado en el International Journal of Primary Education, permitió trazar cuatro perfiles empíricos, y el afrontamiento resultó ser la variable que mejor los ordena. Cerca de dos tercios de la muestra (64,6 %) reúne recursos pedagógicos y digitales con estrategias de afrontamiento adaptativas: búsqueda de apoyo, reencuadre de las situaciones exigentes, capacidad de poner límites. Ahí el bienestar se sostiene. Los «desfasados» (26,4 %) presentan baja competencia digital y menor bienestar, y son los que suelen concentrar la preocupación institucional. Y están los «tensos», que casi nunca aparecen en los diagnósticos porque, mirados desde afuera, funcionan.

Ahí está el problema. Nuestros sistemas de aseguramiento de la calidad detectan al docente que no domina la herramienta. No detectan al que la domina y se está quemando.

De esto se desprende una consecuencia incómoda para la gestión universitaria. Pedir innovación sin tocar la carga académica, sin reconocer el tiempo que la innovación consume y sin ofrecer condiciones para la regulación emocional produce exactamente el perfil tenso: profesores capaces y desgastados. La formación pedagógica y la dotación tecnológica siguen siendo necesarias. Dejan de bastar cuando el diseño institucional del trabajo académico permanece intacto.

Una educación superior de calidad se sostiene en la competencia profesional de quienes enseñan y en las condiciones que permiten ejercerla sin costo personal. Lo segundo se juega en decisiones de gestión concretas: cuántos cursos, cuántos estudiantes por sección, cuánto tiempo protegido, qué se reconoce y qué se da por descontado. Los datos ya están sobre la mesa. Falta que las instituciones se den por aludidas.


 
 
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