Época pretérita donde los campos recibían los niños y padres de las ciudades, pues las vacaciones eran donde los parientes de campos y predios, descansos estivales eternos, que se iniciaban con la preparación de la Navidad a mediados de diciembre. La expedición tradicional al bosquete de pinos o cipreses, para elegir la rama apical de mayor envergadura, color y olor.
Una lata de grasa de 25 kilos era reciclada como maceta y envuelta en papel café o de regalo. Es decir, una rama y una lata vacía se constituían en los elementos fundamentales para armar el esperado arbolito de pascua, sin duda otros tiempos, llenos de alma y significado.
Una tarde bastaba para ubicar el árbol en la maceta y afirmarlo con piedras que lo erguían como si estuviera en el bosque. La sala donde se le ubicaba adquiría el perfume verde de la celebración, la savia de la vida forestal llenaba los espacios de gloria, la misma que el 24 en la noche se celebraba con gozo.
La ceremonia continuaba con los adornos. Todo servía, las cajas de fósforos se cubrían con papeles de regalo y se colgaban con cintas, motas de algodón transformaban los 30 grados en rigurosos inviernos, adornos más escasos eran las esferas de vidrios, llenas de color y luminosidad. Un viejo tren recibido como regalo, años anteriores, se lavaba y era ubicado en la base del árbol.
El árbol de Navidad marcaba la etapa de ansiedad, nerviosismo, carta al Viejito Pascuero, aunque fuera a última hora, pues él, en su infinita capacidad y bondad ya tenía solucionado el deseo del pequeño.
Esos 10 días de previa eran penitencia voluntaria y estrictas misas dominicales para merecer ese regalo que motivaba al más incrédulo. Los padres no podían creer en el lujo de hijos que tenían. Hasta pensaban en que el cambio, podía ser definitivo... había que esperar después del 25.
No podía faltar el pesebre, instalado en alguna mesa de arrimo, buffet o algún rincón destacado. Un piso de paja, la virgen Maria y San José se acomodaban en el centro del establo, se acercaba una vaca y un burro a modo de novedad, algo más distantes se ubicaban los reyes magos, de nombres lejanos, como Gaspar, Melchor y Baltasar, pastores tampoco faltaban. Así se quedaba en espera de la gran noche, donde nacería el Salvador.
En alguna época se murió una de las tradiciones más especiales. No podía olvidarse dejar los zapatos viejos, idealmente rotos sobre la ventana, en la noche buena, como símbolo de precariedad y deseos infinitos de recibir un apoyo divino, concretado en el regalo que en letra indescifrable se había plasmado en una cartita.
El aderezo fundamental era el pan de pascua, cola de mono, pan de huevo y chilenitos. El horno de barro no se apagaba, preparando el evento...los zorzales alimentaban sus crías y cantaban, indicando que las brevas de Navidad estaban madurando y adornarían la mesa pascual. Jugos de frutas secas naturales, licores enguindados, ponche de palito de culén eran los brindis que alegraban la celebración. Tampoco faltaban los duraznos blanquillos tempraneros.
La cena tradicional al igual que en la actualidad era el pavo cebado, que de manera especial recibía trigo y avena desde noviembre. Papas cocidas y ensalada a la chilena, daban cuenta de una cena simple, pero deliciosa. El consomé era inmejorable y complementaba en cualquier horario el deseo sibarita de todo invitado a la mesa: una torta de manjar blanco de postre era lo esperado.
Desde el fundo El Barro bajaba a diario don Orfelino en su caballo colorado, al correo de Los Andes, para buscar el periódico y especialmente en diciembre, las tarjetas navideñas provenientes de amigos y parientes de todo el territorio nacional y extranjero. Dichas tarjetas, llenas de parabienes, adornaban la base del arbolito de pascua...en todas las casas del sector Campos de Ahumada.
La noche del 24 se iniciaba con la cena, la misa se realizaba al otro día, generalmente a las 11, cuando un sacerdote podía asistir. Los niños debían acostarse temprano y dejar los zapatitos en la ventana, la costumbre era ver el regalo al otro día, sin duda muchos pequeños escudriñaron y pudieron observar la visita del viejito pascuero dejando la pelota plástica o muñequita, que eran las solicitudes de aquellos tiempos.
Los padres de la época esperaban que los milagrosos cambios conductuales de sus pequeños previos a la navidad, se mantuvieran después del 25. Ojalá en la actualidad recuperáramos el espíritu de estas antiguas vivencias. Que las cabalgatas de don Orfelino vuelvan con esas tarjetas verdaderas y las reemplacemos por las que borramos con un clic. Que la sencillez de la rama y la lata vacía de grasa, sea un ejemplo que la felicidad no está en la riqueza ni el poder.
En los campos andinos, está por nacer un niño, y nuevamente lo hará en la sencillez de un pequeño pajal de alguna comuna rural, después de 2019 años. La historia nos volverá a sorprender, indicándonos que los elegidos se encuentran en nuestros tranquilos y agrestes suelos montañosos.
El buey estaba en una pesebrera de Belén, antes que llegara José y María ... los miró y siguió echado y rumiando, demostrando su tolerancia...que la paz del buey sea un símbolo para recibir estas navidades ...de manera muy especial... FELIZ NAVIDAD...
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