Viernes, 12 de Junio de 2026  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Bajo las vigas del invierno…

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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El viejo dicho “abril lluvias mil” definitivamente ha quedado en el pasado. Sin embargo, ese aire y frío nocturno andino nos va invitando lentamente a recordar una de las costumbres campesinas más arraigadas en el Aconcagua antiguo, reflejada claramente en la frase “un buen agricultor debe entrar bien parado al invierno”.

Los caminos de Valle Alegre aún mantienen, a pesar de la presión de las inmobiliarias, ese ambiente de la hacienda, donde es posible predecir los acontecimientos del día según el horario que realices el recorrido.

He observado que los tractores van arrancando entre 8 y 9 de la mañana. Eternos portones de zinc crujen al ver la salida de las máquinas rumbo al potrero, donde ya están dispuestas bandadas de tiuques y cernícalos observando pequeñas larvas y pupas, que los discos de arados dejaran al descubierto. Previo al mediodía decenas de trabajadores en bicicleta van dejando el trabajo, para ir rápidamente a compartir un almuerzo familiar, para regresar en ese horario antiguo de las 13:30 horas. Ya ha terminado la jornada laboral y no en pocos puntos de ese sector, es posible ver pequeños rebaños de vacas, algunas bramando al saber que les encerraran los terneros, para tener una buena ordeña en la mañana siguiente.

Hace un tiempo conversaba con Germán Santos -un joven descendiente de la familia Santos de los recovecos acampados de Valle Alegre- sobre la vieja costumbre que nos convoca en esta oportunidad, “donde el campo guardaba el año”, ese olor de la bodega de otoño, la despensa de adobe que cuidaba el invierno entre chuicos y costales. Chacras, animales cebados, árboles frutales y productos procesados van buscando un destino en esa mágica cosecha que mantiene el paso de ese tiempo de mayor calma, junto a los corredores con braseros encendidos y lluvias furiosas, que alargan las horas.

Germán recuerda esos veranos de hermanos y primos, también de riegos de melgas de cebollas, aporcas de papas, corta de recaudos, golpeteos adivinatorios de la madurez de sandías, ubicación de los espantapájaros y correduras de conejos en la trilla del trigo. Llegaba marzo y la preparación de la despensa era casi un rito, una limpieza y desinfección de arañas y gorgojos que habían quedado de la temporada anterior. La primera cosecha era la del trigo, normalmente entre Navidad y Año Nuevo, los quintales iban a sacos de osnaburgo y grandes tambores, producto que se iba dividiendo para alimentación de las aves, semilla para la siguiente temporada y lo que se enviaba al molino, para guardar harina durante el invierno.

Otras bodegas del mismo sector esconden curiosas historias que no me había tocado escuchar, misterios que convoca un campo antiguo, ese de mitos y leyendas. Por alrededor de 10 años una lechuza vivió en la bodega del forraje, su vuelo y chillidos muchas veces asustaban a la familia, y fue tanta su relación con la gente que llegó a improntarse de una manera extrema. Cuando llegaba el tiempo de desinfectar la bodega y como ella dormitaba en el día, se subían al nido, la tomaban y la sacaban de ese ambiente, por el período necesario de ventilación, luego la reincorporaban a su hábitat. Aves o animales silvestres nos dan, al igual que los domésticos rurales, interesantes lecciones.

Los Santos y su bodega de adobe, con vigas de álamo o sauce añosas y oscuras, piso de tierra apisonado y unas pequeñas ventanas altas, que daban a un largo corredor, donde no podían faltar las cebollas en rama colgadas, ajíes ensartados y racimos de uvas para pasas. El característico aroma de la despensa era una amalgama de encurtidos, chuicas con chicha y vino añejo, el rincón de las papas, graneles en sacos y tambores de trigo, maíz, avena y cebada, un segundo nivel con ramas de curagüilla para las escobas, cajas con charqui de oveja, frascos interminables de conservas y mermeladas, varias patas de piso a techo con blancos sacos de harina, orejones de membrillos, manzanas y peras, latas con grasa de cerdo y los plomos zapallos de guarda.

Recuerdos que invitan a caminar las huellas de Valle Alegre, a sentir el frío de las esquinas en cruz, oler los humos desordenados de las chimeneas y fogones o mirar el vuelo de las tórtolas en rastrojos de maíz una nublada mañana. Calle Larga y sus rincones de adobe, con las bodegas de antaño y sus aromas de mostos, lejanos tabacos, heno, granos, mermeladas y encurtidos…nos sigue recordando el camino de los ancestros andinos.

 

 


 
 
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