Cada 30 de agosto se conmemora el Día Internacional del Detenido Desaparecido, una fecha que nos invita a reflexionar sobre una de las más graves violaciones a los derechos humanos: la desaparición forzada de personas. Esta práctica, utilizada en distintos países como método de represión política y social, dejó cicatrices profundas que aún hoy siguen abiertas en miles de familias que buscan respuestas, justicia y dignidad para sus seres queridos.
La conmemoración no es solo un acto simbólico, sino un recordatorio urgente de la necesidad de avanzar en verdad, justicia y reparación. Sin verdad no hay posibilidad de sanar, pues cada persona desaparecida representa una historia inconclusa y una familia sumida en la incertidumbre. La justicia, por su parte, es un pilar irrenunciable para sancionar a los responsables y reafirmar que nunca más se puede permitir la impunidad. Y la reparación, entendida no solo como un resarcimiento material, sino también como un reconocimiento a la dignidad de las víctimas y sus familias, es esencial para reconstruir el tejido social.
Al mismo tiempo, esta fecha nos recuerda la importancia de la memoria histórica. Olvidar sería abrir la puerta a la repetición de estas atrocidades. La memoria no busca quedarse en el dolor, sino transformarlo en fuerza colectiva para construir sociedades más democráticas, justas y respetuosas de los derechos humanos. Recordar es resistir al silencio y al olvido, es honrar a quienes ya no están y es garantizar que las nuevas generaciones comprendan el valor de la vida, la justicia y la libertad.
La desaparición forzada no pertenece solo al pasado: sigue ocurriendo en distintas partes del mundo. Por eso, cada conmemoración nos compromete a la no repetición, a fortalecer los mecanismos de protección de los derechos humanos y a consolidar instituciones que pongan en el centro la dignidad de las personas.
En este Día del Detenido Desaparecido, levantamos la voz para exigir verdad, justicia y reparación, y reafirmamos que la memoria es un deber colectivo. Porque solo recordando y actuando podremos asegurar que nunca más se repitan estas graves violaciones y que cada nombre, cada rostro y cada historia tengan el lugar de dignidad que merecen en la historia de nuestros pueblos.
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