Jueves, 22 de Enero de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

El profesor que estamos perdiendo

Por Carmen Gloria Garrido, directora escuela de Educación Universidad Andrés Bello

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La caída en el número de seleccionados y seleccionadas en pedagogía no habla solo de matrícula; habla, sobre todo, de la idea de profesor que estamos sosteniendo como sociedad. Cuando disminuye el ingreso a estas carreras, no estamos ante una simple “mala decisión vocacional” de los jóvenes, sino frente a una señal más profunda y preocupante: ser profesor se está volviendo una profesión difícil de imaginar como un futuro deseable. Y eso no ocurre por casualidad.

En parte, porque la imagen pública del docente se ha estrechado de manera persistente. Hoy se le exige ser eficaz, contenedor emocional, gestor de convivencia, administrador de evidencias, diseñador de evaluaciones, mediador familiar, operador curricular y garante de resultados, todo al mismo tiempo. Se le pide todo, pero muchas veces se le reconoce poco. Bajo esa presión constante, el profesor deja de aparecer como intelectual de la escuela y pasa a ser visto como un trabajador tensionado por la urgencia. Si esa es la figura dominante que circula socialmente, resulta comprensible que disminuya el deseo de serlo.

Pero el problema no es solo externo. También importa qué tipo de formación y qué tipo de comunidad pedagógica ofrecemos a quienes quieren ser profesores. Formar docentes no es transmitir técnicas ni producir “recursos”, sino iniciar en una profesión ética, donde se aprende a mirar, escuchar, interpretar, sostener relaciones y construir mundo común. La formación requiere exigencia, sí, pero también hospitalidad, práctica real, tiempo y reflexión compartida. Aquí emerge una pregunta decisiva: ¿estamos realmente cuidando la profesión docente desde sus cimientos?

Porque al profesor no se le cuida con discursos apelando a la “vocación”, sino con condiciones concretas. Cuidar la profesión es protegerla del agobio, del desprestigio cotidiano y de la burocratización que devora el tiempo pedagógico. Es reconocer que enseñar no es un trabajo mecánico ni meramente técnico, sino un trabajo de presencia. Sin ese cuidado, no solo se erosiona el número de estudiantes que ingresa a pedagogía; se erosiona algo más profundo: la confianza social en la escuela.

Volvemos entonces a lo esencial: ¿qué escuela estamos ofreciendo como horizonte? La escuela no puede reducirse a una sala que produce puntajes o resultados medibles. Debe ser un espacio de relación y de estudio, un lugar donde el conocimiento abre sensibilidad, pensamiento, lenguaje y futuro. Una escuela justa no se sostiene solo con normativas, sino con personas que encarnan una tarea: abrir caminos de comprensión para cualquiera. Si la escuela se entiende como control y rendimiento, el profesor se vuelve supervisor; si se entiende como estudio, cuidado y horizonte común, el profesor recupera su sentido público.

Por eso, la baja matrícula en pedagogía es una crisis social antes que estadística. Los jóvenes no miran solo el salario, sino el tipo de vida que la profesión promete, y hoy esa promesa se percibe frágil. Revertir esta tendencia exige más que campañas de atracción de talentos: requiere recuperar sentido y cuidado. Porque lo que está en juego no es cuántos entran a pedagogía, sino si Chile quiere, todavía, una escuela viva.


 
 
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