En Chile hemos empujado, quizás sin darnos cuenta, un proceso silencioso pero profundo: el debilitamiento progresivo de la autoridad de los directores en nuestras escuelas. Lo que antes era una figura clara de conducción que inspiraba un respeto profundo a los estudiantes, hoy se ha transformado en un rol tensionado, cuestionado y muchas veces, desprotegido. Se nos dijo que avanzar hacia comunidades más participativas era el camino correcto. Y lo es. Pero confundimos participación con relativización de la autoridad, puesto que hoy, en demasiados establecimientos, el director no lidera: administra conflictos. La señal más preocupante está dentro de la sala de clases, donde los estudiantes perciben cuando la autoridad es frágil, cuando cada decisión puede ser impugnada, cuando las sanciones se diluyen o cuando el reglamento parece negociable, lo que se instala no es convivencia: es incertidumbre. Y sin certezas, no hay aprendizaje posible. Pero esta pérdida de autoridad no solo ocurre hacia abajo, frente a los alumnos, dado que también se ha ido erosionando hacia arriba. La relación con la Superintendencia de Educación, que debiera ser de acompañamiento y fortalecimiento, muchas veces se percibe como sancionadora y desproporcionada. Directores que enfrentan sumarios por decisiones complejas, que deben actuar bajo presión constante, con miedo a equivocarse, terminan optando por lo más seguro: no decidir. Y un colegio sin decisiones firmes es un colegio que pierde rumbo. Aquí hay una contradicción evidente: exigimos resultados, exigimos convivencia, exigimos inclusión, pero debilitamos la autoridad de quienes deben conducir esos procesos. Recuperar la autoridad no significa volver al autoritarismo, significa algo mucho más básico y necesario como es restituir el respaldo institucional al director. Significa que las decisiones disciplinarias bien fundadas sean respetadas, que los reglamentos internos tengan valor real y exista confianza en el criterio profesional de quien dirige y además que las instituciones fiscalizadoras actúen con equilibrio, no con lógica sancionatoria permanente Un director no puede ser fuerte frente a sus estudiantes si es débil frente al sistema. Si queremos mejorar la educación pública y privada en Chile, hay que partir por una verdad incómoda: hemos dejado solos a quienes lideran las escuelas y ningún sistema educativo se fortalece debilitando a sus líderes. Para mí, hoy más que nunca recuperar la autoridad de los directores no es solo una convicción profunda, es una necesidad urgente. Sin autoridad legítima no hay convivencia, y sin convivencia no hay aprendizaje, por eso, recuperar el respaldo a los directores no es retroceder, es una condición mínima para que las escuelas funcionen.
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