Hay niños en Chile que ya no sueñan con ser médicos, profesores o ingenieros. Sueñan con tener un auto de alta gama antes de los 18 años. Sueñan con dinero rápido, ropa de marca y respeto inmediato. Y lo más doloroso es que muchos de ellos sienten que la escuela ya no puede competir contra eso. La tragedia no comenzó cuando el narcotráfico entró a las poblaciones. Comenzó cuando empezó a instalarse también en el imaginario de infancia. Cuando algunos niños dejaron de mirar la educación como un camino posible de movilidad y comenzaron a mirar la esquina como una promesa más rápida de reconocimiento y poder. El reportaje Mi alumno, el hijo de narco retrata con crudeza esta fractura silenciosa: estudiantes de octavo básico que afirman ganar en un fin de semana vendiendo drogas lo que un profesional obtiene tras años de estudio; niños que normalizan allanamientos, balaceras y narcofunerales como parte de su vida cotidiana; profesores que enseñan con miedo y agotamiento. Pero reducir este fenómeno a delincuencia sería un error intelectual y pedagógico. Lo que estamos viendo es también una profunda crisis de expectativas.
La OCDE ha advertido que las bajas expectativas educativas reproducen ciclos de exclusión y desigualdad social (OCDE, 2018). UNESCO (2021), por su parte, insiste en que las escuelas en contextos vulnerables necesitan fortalecer el sentido de pertenencia, la esperanza y los proyectos de vida, porque cuando un estudiante deja de imaginar futuro, cualquier atajo parece destino. Y ahí emerge una pregunta incómoda: ¿cómo educa un profesor cuando el narcotráfico ofrece, en semanas, lo que la sociedad promete recién en décadas? Porque el problema no es solamente económico. El narcotráfico ofrece algo todavía más seductor para un adolescente herido: identidad, reconocimiento y sensación de poder. Allí donde el Estado muchas veces llega tarde, el narco aparece regalando protección, dinero y pertenencia. La escuela, en cambio, suele responder con currículum, pruebas estandarizadas y discursos abstractos sobre el futuro.
Sin embargo, incluso en medio de esa oscuridad, la escuela sigue siendo uno de los últimos espacios capaces de interrumpir el destino. Las investigaciones muestran que cuando un docente transmite genuinamente altas expectativas sobre sus estudiantes, aumentan la motivación, la permanencia escolar y las trayectorias educativas (MINEDUC, 2023). A veces basta un profesor que mire distinto a un estudiante para romper generaciones completas de resignación. Educar hoy, en algunos territorios de Chile, se parece cada vez más a encender una pequeña luz mientras afuera el barrio ofrece fuegos artificiales. Y aun así, miles de profesores siguen entrando cada mañana a sus salas intentando convencer a sus estudiantes de algo profundamente revolucionario: que todavía existe otro camino posible.
Pero sería profundamente injusto romantizar el rol docente. Ningún profesor puede enfrentar solo una estructura de abandono social, violencia y narcocultura instalada territorialmente. Si queremos recuperar a nuestros niños, niñas y jóvenes, el Estado debe comprender que la seguridad también se construye desde la educación. Se requieren escuelas fortalecidas con equipos interdisciplinarios, psicólogos, trabajadores sociales y redes comunitarias capaces de acompañar integralmente las trayectorias de vida de los estudiantes. Porque cuando una sociedad abandona sus escuelas, otros ocupan ese espacio. Nelson Mandela afirmaba que “la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”, y quizás hoy Chile necesita volver a creer precisamente en eso: que la movilidad social, la dignidad y el futuro todavía pueden comenzar dentro de una sala de clases.
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