Cada vez que el Ébola reaparece, el mundo enfrenta una advertencia incómoda. Las amenazas sanitarias emergentes no pertenecen al pasado ni a territorios lejanos. Siguen siendo un desafío para la estabilidad global en el siglo XXI.
La reciente declaración de Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional por parte de la Organización Mundial de la Salud, a raíz de brotes en República Democrática del Congo y Uganda, no es un problema acotado. Es una señal de alcance global en un contexto marcado por movilidad humana masiva, urbanización acelerada, cambio climático y una interacción creciente entre humanos y animales.
El brote actual involucra la variante Bundibugyo, para la cual no existen vacunas ampliamente disponibles. Esto complejiza la contención y obliga a depender de vigilancia epidemiológica intensiva, trazabilidad de contactos y redes asistenciales capaces de reaccionar con rapidez. A diferencia de COVID-19, el Ébola no presenta transmisión aérea sostenida y se propaga por contacto directo con fluidos corporales. Sin embargo, esa menor transmisibilidad contrasta con tasas de letalidad que pueden superar el 50%.
Sin embargo, no todos los patógenos necesitan propagarse con facilidad para generar crisis sanitarias. La gravedad clínica, la capacidad diagnóstica y la oportunidad de la respuesta pueden definir el impacto de un brote. En un mundo hiperconectado, la distancia ha dejado de ser una barrera eficaz.
La pandemia de COVID-19 dejó una huella clara. Espacios cerrados y densificados pueden transformarse en amplificadores de contagio. El caso del Diamond Princess mostró la rapidez con que un virus puede expandirse en sistemas de convivencia transitoria. Pensar que algo similar no podría ocurrir con otros agentes infecciosos sería un error.
Más del 70% de las enfermedades emergentes tienen origen zoonótico. Ébola, hantavirus, influenza aviar y coronavirus comparten esa condición. Su aparición se vincula a cambios ecológicos, presión ambiental y expansión humana sobre ecosistemas. El cambio climático, además, está alterando la distribución de vectores y reservorios, desdibujando la idea de enfermedades "exóticas".
Chile no está ajeno. La influenza aviar, la expansión de Aedes aegypti en el norte y la persistencia del hantavirus forman parte de un escenario que exige vigilancia permanente y capacidad de respuesta.
La principal lección tras COVID-19 no radica en la magnitud de la crisis, sino en su origen. Las pandemias comienzan en señales débiles que suelen pasar desapercibidas. Por eso, la discusión no debería centrarse en si este brote escalará, sino en cuánto ha avanzado el mundo en su preparación real.
Los virus emergentes seguirán apareciendo. La diferencia estará en detectarlos a tiempo y responder con eficacia. En epidemiología, el margen entre control y crisis suele medirse en días. Y el tiempo sigue siendo el recurso más escaso.
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