Viernes, 12 de Junio de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

No hablamos ni bien ni mal, hablamos perfecto

Por María Francisca Poblete, Académica Facultad de Educación, U. Central

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En la información que fluye en redes sociales es habitual encontrarse con algunas publicaciones que caricaturizan el modo de hablar de los chilenos. Ya sea por contraste cultural, debido a la población migrante que hoy también forma parte de nuestro país; ya sea por curiosidad o incluso por clasismo percibimos que se viralizan algunos reels o videos que presentan características lingüísticas de algunos grupos sociales que pueden llegar a ser burlescos o discriminatorios.

La realidad es que los comportamientos humanos, sean lingüísticos o no, son aprendidos por nosotros desde que iniciamos nuestra existencia en el mundo. Incorporamos de manera inconsciente nuestra lengua materna y numerosos elementos asociados a ella. Ejemplos de esto son la pronunciación, el acento, las palabras, así como muchas otras conductas y creencias paralelas al ámbito lingüístico que configuran nuestra identidad y sentido de pertenencia. Pero no se trata de una mera imitación, sino que constituye una característica biológica heredada de nuestros antepasados que nos garantiza la supervivencia.

El ser humano es un animal social por definición. Necesitamos pertenecer a un grupo tanto física como emocionalmente para sobrevivir y la principal demostración de aquello es la capacidad evolutiva que tuvimos como especie de generar un sistema de signos, un lenguaje, para comunicarnos de manera cada vez más precisa con los demás. Esto constituye una prueba fehaciente de que estamos biológicamente diseñados para vivir en sociedad. Pero no solo las palabras son capaces de transmitir significados. Las miradas, los gestos, la distancia e incluso nuestro tono y acento son características que aportan información acerca de quienes somos y de dónde venimos.

Así, vemos que hay personas que hablan más rápido, lento, agudo o grave, que pronuncian las letras de otra manera y dicen palabras que a nosotros nos resultan curiosas. Quizás en una sociedad donde la diferencia se ve con malos ojos y la homogeneización parece ser la norma, calificamos este mosaico de forma peyorativa. Lo cierto es que desde la ciencia que estudia el lenguaje, no encontramos evidencia alguna que indique que tal o cual forma de expresarse es mejor que otra, lo que sí existe es el prestigio. Este concepto se relaciona con la apreciación positiva que se otorga socialmente a alguna característica. Lógicamente, también se produce lo contrario: el estigma de aquellos rasgos que escapan de ese modelo.

Lo importante es tener presente que no existe una buena o mala forma de hablar y que no hay personas mejores que otras, solo somos, cada uno de nosotros, la amalgama que integra las circunstancias en que nacimos, las personas que nos han acompañado, nuestro lugar de origen, las oportunidades que tuvimos (y también las que no). Por causa de todo lo anterior desarrollamos, gracias a nuestra habilidad para adaptarnos al entorno, ciertas cualidades que son útiles para ese ambiente en concreto.

Por eso me gusta decirles a los futuros profesores de lenguaje y comunicación, a quienes tengo el privilegio de acompañar en su formación, que cada niño y joven trae en su particular forma de comunicarse las huellas del camino que le tocó recorrer, acompañado de estrategias comunicativas que le han dado resultado en su espacio de origen. Bajo esta visión, es la escuela la encargada, no de estigmatizar ni discriminar, sino de ofrecer situaciones donde nuevas formas de hablar puedan resultar igualmente efectivas. Debe entenderse que cada cual se adapta a lo que su ambiente le permitió conocer, eso incluye nuestra forma de expresarnos. Este tipo de fenómenos son los que muestran toda la belleza y riqueza que nos permite alcanzar nuestra lengua para, así, aprender a formar parte de un grupo. No es que tú hables mejor que yo, es que ambos hablamos a la perfección.

 


 
 
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