Se apagaron las luces, terminó la conversación cotidiana, las apuestas sobre goles y figuras, y muchos quedaron con esa extraña sensación de vacío que aparece después de un gran evento deportivo. Son los "viudos del Mundial": quienes durante semanas organizaron sus horarios, emociones y encuentros en torno al fútbol y ahora se preguntan: ¿qué hacemos sin él?
La respuesta puede estar en no permitir que la energía termine con el último partido. El Mundial no debiera dejarnos solamente recuerdos, sino también el deseo de movernos, compartir y volver a experimentar el deporte desde adentro. Pasar de espectadores a protagonistas: regresar a una cancha, correr, caminar en familia, apoyar a los clubes del barrio o motivar a niños y jóvenes a practicar una disciplina a través del deporte bien hecho.
José María Cagigal entendía el deporte como una manifestación profundamente humana, capaz de educar, reunir y otorgar sentido. Esa debiera ser la herencia del Mundial: comprender que el deporte no pertenece exclusivamente a los grandes estadios ni a los atletas de élite. También vive en la plaza, el colegio, el club y en cada persona que decide practicar e incentivar a practicar deporte.
La película Invictus muestra cómo el deporte puede unir a una sociedad más allá del resultado. Pero esa fuerza solo permanece si somos capaces de transformarla en hábitos, espacios de encuentro y oportunidades reales de participación.
Quizás la mejor manera de enfrentar esta "viudez" sea cambiar la pregunta: no pensar qué haremos ahora sin Mundial, sino qué haremos con todo lo que el Mundial despertó. ¡El torneo terminó, pero el impulso puede recién estar comenzando, seamos protagonistas!
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