Chile avanza hacia una economía más limpia. Energía solar y eólica, hidrógeno verde, electromovilidad y reciclaje de baterías forman parte de una transformación necesaria frente al cambio climático. No obstante, existe una pregunta que no puede quedar atrás: ¿estamos avanzando más rápido en tecnología que en prevención de riesgos laborales?
Un empleo “verde” no es automáticamente un empleo seguro. Las nuevas tecnologías pueden reducir emisiones y, al mismo tiempo, introducir riesgos distintos para quienes las instalan, operan, mantienen, transportan o reciclan.
El hidrógeno verde es uno de los mejores ejemplos. Su alta inflamabilidad exige controles estrictos frente a incendios y explosiones, además de medidas para manejar presión, electricidad, sustancias químicas y temperaturas extremas. A esto se suman condiciones geográficas propias de muchos proyectos en Chile: aislamiento, gran altitud, geográfica, radiación UV, calor o frío extremo y mayor dificultad para responder ante emergencias.
La energía solar y eólica también plantean desafíos. Quienes mantienen paneles solares en zonas desérticas pueden enfrentar estrés térmico, radiación UV, deshidratación y fatiga. En los aerogeneradores se agregan el trabajo en altura, los espacios reducidos y rescates complejos.
Otro foco creciente son las baterías de ion-litio. Una batería dañada o sobrecalentada puede entrar en “fuga térmica”, una reacción en cadena capaz de provocar incendio, explosión y liberación de gases peligrosos. El riesgo no se limita a su fabricación: también alcanza a mecánicos, transportistas, trabajadores de bodegas, recicladores y equipos de emergencia.
El reciclaje merece especial atención. Recuperar litio, cobalto, níquel y otros materiales es clave para una economía circular, pero no podemos permitir que el último eslabón de una industria sustentable concentre las peores condiciones laborales. Manipular baterías dañadas, electrolitos, solventes o metales sin controles adecuados puede transformar una solución ambiental en un nuevo problema de salud ocupacional.
El mayor desafío es que muchas enfermedades laborales aparecen años después. Alteraciones respiratorias por polvos y humos metálicos, efectos acumulativos de sustancias químicas o daños asociados al calor extremo pueden pasar inadvertidos durante largo tiempo. Esperar a que existan cientos de casos para actuar sería repetir errores ya conocidos con exposiciones como la sílice o el asbesto.
Chile debe anticiparse. La seguridad y salud de los trabajadores tiene que incorporarse desde el diseño de estas industrias, con regulación actualizada, vigilancia epidemiológica temprana, capacitación, protocolos frente al calor y la radiación UV, y una cadena de reciclaje formal y segura.
La transición energética es una oportunidad enorme para Chile. Sin embargo, su éxito no debería medirse solo en megawatts renovables, toneladas de hidrógeno o vehículos eléctricos circulando. Un empleo no es realmente verde si, para proteger el planeta, termina dañando a la persona que lo desempeña.
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