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  Lunes, 31 de Agosto de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

El brote de ébola que la ciencia pudo haber evitado

Por María Jesús Hald, epidemióloga Facultad de Medicina UNAB

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El brote de ébola que enfrenta hoy la República Democrática del Congo ya es el más letal en la historia de ese país. Al 24 de agosto se contabilizan 5.515 casos y 2.642 muertes, con una letalidad cercana al 48% que en zonas de difícil acceso de Kivu del Norte llega al 68,6%.

Este brote tiene una particularidad que lo distingue de los diecisiete anteriores registrados en el país desde 1976. No está causado por el virus del Ébola Zaire, para el cual existe una vacuna autorizada desde hace años, sino por el virus de Bundibugyo, una especie distinta sin vacuna ni tratamiento aprobado hasta hoy.

La frase "fuera de control" describe bien lo que ocurre en terreno, pero no equivale a un riesgo global homogéneo. La OMS mantiene una evaluación diferenciada: muy alto dentro del Congo, alto en los países fronterizos, bajo para el resto de África y bajo a nivel mundial. Que exista una emergencia sanitaria internacional no significa que el peligro sea el mismo en todas partes, sino que ningún país puede resolver esto en solitario.

La razón está en la forma de contagio. El ébola no se transmite por vía aérea, sino por contacto directo con fluidos de personas enfermas o fallecidas, y solo ocurre cuando hay síntomas, nunca durante la incubación. Por eso es devastador en funerales tradicionales u hospitales con control de infecciones débil, pero tiene escasa capacidad de transmisión sostenida donde los sistemas de salud aíslan casos con rapidez.

Para Chile y América Latina, el riesgo es bajo. No existe circulación local del virus ni reservorio natural en la región, ya que este se asocia a murciélagos frugívoros propios de África tropical. La conectividad aérea con la zona afectada es escasa y el contagio exige contacto estrecho. El escenario a considerar es un caso importado aislado, de baja probabilidad pero alto impacto, que exigiría aislamiento inmediato y seguimiento durante 21 días.

Queda pendiente una pregunta incómoda. El virus de Bundibugyo se conoce desde 2007 y ya había protagonizado dos brotes previos. Llegó a 2026 sin una sola vacuna aprobada. Esa ausencia no responde a una limitación científica, sino a una lógica de incentivos: las enfermedades que afectan a poblaciones empobrecidas en brotes intermitentes no generan mercado que sostenga inversión.

La vacuna contra el Ébola Zaire llegó después de la catástrofe de África Occidental de 2014-2016, con más de 11.000 muertes y casos exportados a países de altos ingresos. Hoy se repite el mismo ciclo con Bundibugyo, desarrollando de emergencia herramientas que la ciencia ya sabía construir.

La preparación sanitaria no se improvisa durante una emergencia. Se financia antes, cuando la enfermedad todavía parece lejana y ajena.

 


 
 
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