Lunes, 13 de Abril de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

Los cambios en la salud de Chile y el desafío de la ciencia aplicada

Por Rocío Zúñiga Tapia Académica Enfermería Universidad Andrés Bello

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La salud no avanza sin ciencia, pero tampoco sin decisiones políticas que traduzcan ese conocimiento en cobertura real, así lo declara la Organización Mundial de la Salud en la conmemoración del Día Mundial de la Salud. En el caso chileno, esta relación ha sido evidente a lo largo de los años. Durante el siglo XX, la realidad sanitaria estuvo marcada por la presencia de enfermedades infecciosas y las condiciones asociadas a la pobreza y desnutrición definían la mortalidad, especialmente en la población infantil. Frente a esto el país implementó políticas enfocadas en la atención primaria, programas de vacunación masiva y estrategias alimentarias que transformaron la estructura sanitaria nacional.

Gracias a este esfuerzo, Chile dejó de ser un país que reaccionaba a la aparición de enfermedades para convertirse en uno que implementa medidas de prevención, logrando hitos como la disminución de la mortalidad infantil y la erradicación de enfermedades como la poliomielitis y el control del sarampión.

Sin embargo, al entrar en el siglo XXI, el escenario ha cambiado drásticamente. En la población adulta, el perfil epidemiológico hoy está dominado por patologías crónicas no transmisibles, principalmente el cáncer y enfermedades cardiovasculares como la diabetes e hipertensión. Estas enfermedades, de desarrollo progresivo y muchas veces silencioso, generan una alta carga para el sistema y deterioran la calidad de vida de las personas que las padecen.

En la infancia, por otra parte, la malnutrición también cambió: ya no es la falta de alimentos el problema central, sino el exceso y la baja calidad nutricional, posicionando al país con cifras elevadas de sobrepeso y obesidad infantil. A esto se suma la salud mental como un desafío transversal a lo largo del curso de vida, con una alta prevalencia de depresión y ansiedad, condiciones que se vieron incrementadas durante la pandemia.

Pese a que contamos con herramientas como el sistema de Garantías Explícitas en Salud (GES) para intentar asegurar acceso, oportunidad y cobertura, persisten brechas significativas en la oportunidad del diagnóstico y la continuidad de los tratamientos. Hoy, las determinantes sociales siguen influyendo en el riesgo de enfermar; las diferencias sociales persisten a pesar de los avances en tecnología, la globalización y los cambios en el estilo de vida. Estos factores estructurales siguen condicionando la posibilidad de acceder a terapias efectivas o sostener cuidados prolongados en salud.

Es precisamente aquí donde la ciencia debe conversar de forma directa con la salud. La investigación no puede ser un esfuerzo aislado; debe ser una herramienta que, al considerar el contexto y sus constantes cambios, genere hallazgos capaces de transformarse en el insumo principal para el diseño de políticas públicas robustas. Solo a través de esta integración estratégica podremos, una vez más, responder a los desafíos epidemiológicos de nuestra población, asegurando que los avances científicos se traduzcan en una mejor calidad de vida y, tal como nos convoca este día conmemorativo, en una mejor salud para todos.

 


 
 
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