Jueves, 11 de Junio de 2026  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Viajeros del Trasandino viejo…

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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El tren trasandino aún se mantiene en el recuerdo de los habitantes de nuestra zona, aunque dejó de funcionar hace más de cuatro décadas, en 1984. Pero queremos ir más allá y escudriñar el paso fronterizo a fines de los 60 y década del 70. El control aduanero ya venía de la colonia y el Servicio de Investigaciones participaba “con ojo policial” en el continuo movimiento de pasajeros, mientras sólo a fines de los 60, se constituía la triada de fiscalización con la creación del Servicio Agrícola y Ganadero.

Si bien el control de vehículos y pasajeros ya había dejado las instalaciones de Río Colorado y frías construcciones en piedra albergaban el funcionamiento fronterizo en la alta cordillera, las condiciones climáticas e infraestructura no permitían la inspección de equipajes y pasajeros, como lo conocemos en la actualidad. Cobertizos de piedra y roble, durmientes y líneas de ferrocarril, locomotoras poderosas, tempestades indómitas, ventiscas cerradas, avalanchas indescifrables y hombres de nieve, conformaban un círculo donde su fortaleza, ingenio y temple de acero hacía funcionar una epopeya llamada trasandino.

Con la impronta del control fronterizo El Resguardo de Río Colorado, con registros de funcionamiento desde 1721, con rebaños de caprinos y ovinos, cebos, cueros, arrobas de yerba mate, y sin duda azogue, ingresando desde Argentina. Un punto neurálgico, donde no solo se captaba el producto normal proveniente desde el otro lado de la frontera, pues también caían los arreos clandestinos que, arriesgadamente, ingresaban por el paso La Cruz del Padre. Atrás quedaban los recuerdos de río Colorado, no solo del trabajo, también de icónicos lugares de descanso y conversaciones de lugareños y funcionarios como: El nido del Pichón y Hotel Nóvile.

Humberto Morales Gárate, inspector del SAG a principios de la década de los 70 junto a un funcionario PDI y otro aduanero se alistaban a subir al tren, en la estación de Caracoles, la más cercana a la frontera. Su relato revive los tiempos del trasandino, los grandes temporales, las leyendas arrastradas de cordillera desde tiempos inmemoriales y la manera tan particular de realizar las fiscalizaciones en pleno recorrido. Carro a carro las revisiones documentales y de equipajes van acumulando una serie de decomisos, no sin antes escuchar y discutir con los molestos pasajeros, que se quedaban irremediablemente sin apetitosos jamones, quesos o frutas.

Las explicaciones de que dichos productos podían afectar una fruticultura en desarrollo con la mosca de la fruta y nuestro ganado nacional con posibles focos de aftosa no terminaban por convencer a los animados viajeros que venían provistos, desde allende los andes. Morales Gárate dentro de su caballerosidad, no se dejaba convencer, es emocionante verlo a estas alturas de su vida relatando, sin titubeos hechos acaecidos hace más de cincuenta años. De nacimiento peruano y caminar chileno, su vida de funcionario hace recordar un hombre lleno de convicciones, talentos, creencias ancestrales y amante de su trabajo, un cordillerano de tomo y lomo.

La bajada del trasandino la recuerda sin confusión, desde la estación Caracoles iniciaban el recorrido de inspección, con el firme propósito de llegar a Guardia Vieja con el 90 % del tren inspeccionado, lo que les permitiría arribar al terminal andino, con todos los registros realizados. Ni Excel, ni máquinas de escribir, sólo calma y buena letra, mira y esboza una sonrisa. En días de tormenta las estaciones siguientes de Portillo y Hermanos Clark eran las más complejas, ráfagas de viento blanco, estruendos en los cobertizos y lúdicas miradas a manadas de guanacos, distraían la función, haciendo estéril el trabajo de inspección.

Río Blanco, Salto del Soldado y San Pablo eran las estaciones que precedían el terminal de Carlos Díaz en la ciudad de Los Andes. Una camioneta del SAG los esperaba para retirar funcionarios y decomisos, los que, terminados de registrar y analizar posibles plagas, se incineraban en la gran oficina ubicada en San Rafael con Carlos Díaz, actual Juzgado de Letras de Los Andes.

Somos un pueblo fronterizo y al menos, a nivel general, deberíamos conocer algo de la historia de esa rica experiencia aduanera. La inspección venía en el camino, algo impensado en la actualidad, marcando una época del trasandino con nombres como Humberto Morales, Gustavo Santander, Héctor Salazar, Hernán Yáñez, Luis Vásquez, Roberto Rojas, Juan Herrera y tantos otros, cuando el sonido del tren anunciaba partidas y retornos de un viaje de diez horas entre Los Andes y Mendoza.


 
 
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