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  Martes, 8 de Septiembre de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

No nos abandonemos antes de tiempo: vejez, vínculos y abandono

Por Carmen Lamilla Almuna, directora de Trabajo Social Advance de la Universidad Andrés Bello (UNAB).

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Se suele decir que la vida es cíclica. Lo vemos en las estaciones, en las fases de la luna y también en nuestras propias trayectorias vitales. Sin embargo, no todo lo que se repite debería naturalizarse. Hay ciclos que, más que aceptarse, necesitan ser interrumpidos. Uno de ellos es el abandono de las personas mayores.

Cada cierto tiempo el tema reaparece; personas mayores que, tras ser hospitalizadas por una enfermedad o emergencia médica, son dadas de alta, pero no regresan a ningún hogar. Nadie las espera. Nadie responde por ellas. Lo impactante es que, con el paso del tiempo, estos casos dejan de conmovernos y comienzan a formar parte del paisaje, como si fueran inevitables.

Lo que enfrentan estas personas no es solo una condición de salud, sino algo más profundo y difícil de nombrar; una ruptura de los vínculos. Es una especie de “enfermedad sociovincular” que afecta precisamente a quienes deberían sostener el lazo; familias, redes cercanas, comunidades. Ese vínculo, muchas veces idealizado como indestructible, se debilita, se atrofia o simplemente desaparece.

Las justificaciones abundan, entre ellas, falta de recursos económicos, ausencia de preparación para atender necesidades especiales de la vejez, carencia de conocimientos y habilidades técnicas para brindar cuidados adecuados. Algunas razones son reales. Pero no nos engañemos, en muchos casos, estamos frente a un abandono literal.

Lo más preocupante es que esta situación suele invertirse en su explicación. Se responsabiliza a la persona mayor “por algo la dejaron”, “no generó redes”, “no cultivó vínculos”. Así, el problema deja de ser colectivo y se vuelve individual. En lugar de preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo, donde los lazos se vuelven frágiles y desechables, preferimos externalizar el cuidado como si fuera un servicio más.

Cuando existen recursos económicos, el problema puede amortiguarse. Pero cuando no los hay, los más vulnerables quedan relegados a la caridad de instituciones sobrecargadas y de voluntarios cada vez más escasos. Y en ese contexto incluso emerge una lógica tan cruel como silenciosa, la de cuestionar si vale la pena “gastar recursos” en una persona mayor que está más cerca del final de su vida, en sistemas de salud donde siempre faltan camas y siempre sobran urgencias.

Sin embargo, esta discusión no es sobre “otros”. Es sobre nosotros. Nos encaminamos hacia una sociedad con una alta proporción de personas mayores de 60 años, con creciente demanda de cuidados, cupos en instituciones y apoyos comunitarios. Lo que hoy vemos como casos aislados, mañana será una realidad estructural.

Por eso, cortar este ciclo no es solo una urgencia ética, sino una necesidad social impostergable. Necesitamos construir una verdadera “Longevity network”, una red de cuidado y vínculos que acompañe a las personas a lo largo de toda su vida, y no solo cuando aparece la dependencia. Eso implica repensar el cuidado como responsabilidad compartida, que se teje desde etapas tempranas, y no como un problema que estalla al final del curso de vida.


 
 
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