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Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Gaby y los tiempos del barro

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

 

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Mientras muchos arquitectos levantan edificios para desafiar el paso del tiempo, Gaby decidió dialogar con él de otra manera. A sus treinta años cambió los planos por la arcilla, el computador por el torno y el hormigón por un material que, después de atravesar el fuego, adquiere una resistencia casi eterna. No abandonó la arquitectura; simplemente comenzó a construir en una escala distinta. Cada taza, cada cuenco y cada vasija siguen obedeciendo a las mismas leyes de proporción, equilibrio y belleza que aprendió en la universidad, pero ahora nacen desde sus propias manos.

Quiero imaginar las razones de ese arraigo con nuestra tierra que hoy nos presenta Gaby. Así lo prefiero, antes de preguntárselo directamente; antes de ver sus manos modelando una y otra figura; antes de analizar una respuesta cuidadosamente elaborada. Vi a sus progenitores recorrer el valle, especialmente bajo los parrones que lentamente iban anunciando la madurez de sus uvas. Horacio, su padre, observaba cada crecimiento, cada poda, cada fertilización, atento a las plagas y enfermedades que podían amenazar una cosecha.

Qué duda cabe que Gaby, desde pequeña, enterró sus zapatos en aquellas idílicas arcillas. Quizás mucho antes de conocer el torno, el horno y el gres, ya había aprendido, casi por osmosis, que la tierra tiene texturas, colores, aromas y secretos. Tal vez por eso hoy, cuando sus manos buscan darle forma, no está descubriendo una materia desconocida: está reencontrándose con algo que la ha acompañado desde niña.

Siento que Gaby habita un taller en paz. Y me pregunto cómo el oficio terminó ganándole a la arquitectura, o quizás desde cuándo ambas comenzaron a comulgar bajo una misma alma.

En segundo año de carrera aparecieron las dudas. Hizo un alto en el camino, pero no fue una meditación inmóvil; todo lo contrario. Durante seis meses se sumergió en el aprendizaje de la cerámica junto a una maestra en Los Andes. Fue allí, entre arcillas y primeras formas, donde comenzó a descubrir que quizás su ruta tendría más de un camino.

Luego regresó a Santiago, retomó sus estudios y terminó arquitectura en la Universidad Católica. La carrera llegó a su fin, pero las preguntas permanecieron abiertas. Gaby volvió entonces a los pies de los montes de nuestro pueblo, con algunas respuestas y muchas otras todavía por descubrir.

México sería el siguiente paso. Viajó hasta esa tierra donde el arte popular parece convivir con la historia, donde sus pueblos originarios, representados en decenas de etnias, han sabido conservar tradiciones ancestrales mientras continúan proyectándolas hacia el presente.

Allí encontró a dos nuevas maestras. Una le entregó los secretos del torno, de esos movimientos aparentemente interminables en que las manos deben aprender a conversar con la arcilla que gira. La otra le abrió las puertas de la cerámica mural, descubriéndole las posibilidades de llevar la tierra mucho más allá de una pieza que cabe entre las manos.

Gaby seguía buscando su ruta. Y, quizás, sin saberlo todavía, la arquitectura y la cerámica comenzaban a dejar de ser caminos distintos para convertirse en dos maneras de expresar una misma sensibilidad.

Vuelvo al tema del arraigo y entro en contradicciones al ver que Gaby trabaja con arcillas traídas desde Estados Unidos, por razones de color, textura y temperatura que alcanza en sus hornos. Creo que esa tensión la aclara la artista: “la tierra que inspira no necesariamente es la tierra que se modela”. El arraigo no siempre consiste en trabajar con lo que se produce en el territorio, sino elegir desde dónde uno quiere crear.

La arcilla puede venir de lejos, mas su mirada posee raíces.

Bajo lentamente los escalones de su taller de altillo, acompañado por la voz segura de Gaby, cargada de conceptos y vivencias. Con su música ambiental y el recogimiento de observar un arte que desconocía, trato de imaginar qué puede significar “los tiempos del barro” y también confiar en ellos. Quizás ahí aparezca algo de su propia historia: Gaby también necesitó sus tiempos para descubrir que algunas vocaciones, como el barro, no se pueden apresurar.

 

 


 
 
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