La nieve ha cubierto los cerros aledaños de Los Andes, un invierno tardío que hace recordar tiempos pasados, quizás los 80 o más bien los años noventa, cuando los paredones de hielo y nieve apenas dejaban una huella en las curvas de Caracoles. La ruda vida de frontera no sólo tenía que ver con las condiciones climáticas, con la altura o los precarios cobertizos que mostraban sus casi cien años de historia, también con los recuerdos fatídicos de la avalancha del 84. Hace ya largos años que nuestra ciudad no se observada con todas las montañas cubiertas de nieve, incluyendo el cordón de Chacabuco y Los Agustinos de Panquehue.
El complejo fronterizo de Los Libertadores posee registros interminables de historias y la mayoría aún no se escriben, aunque los testimonios están por ahí, caminando entre nosotros, en notas diarias de los servicios públicos y/o fuerzas armadas. Esa mole de cemento fue la herencia de la casa de piedra que aún resiste, próxima al túnel, a su vez está ligada a la frontera cumbre del Cristo Redentor, y si queremos ir a siglos pasados, no podemos dejar en el relato a la aduana El Resguardo, ubicada en Río Colorado. Siempre podemos ir más atrás, pues nuestra impronta aduanera ya alcanza casi cinco siglos.
Los turnos de los noventa sólo eran diurnos, alrededor de las 18 horas ya no quedaba movimiento de turistas ni transportistas, sólo funcionarios escribiendo las novedades del día y en el caso del Sag, estudiando las plagas interceptadas, además de quemar en las quebradas aledañas las materias orgánicas interceptadas. En la mirada de la inmensidad, cuando el viento rugía sin piedad y los latones se despegaban de los cobertizos, se hacía imposible no imaginar la historia de ferrocarriles, cuando el Transandino subía y bajaba las cargas, que ahora es movida en camiones. Cientos de funcionarios hicieron la leyenda, los cuentos los llevan esos durmientes que, si bien parecen inmóviles, transmiten los caminos de los maquinistas, bodegueros, vía trochas y tantos otros.
El movimiento vehicular de los 90, alcanzaba a unos 150 camiones, 30 buses y unos 80 vehículos particulares en días de semana a excepción de la temporada estival, que iba desde mediados de diciembre hasta fines de febrero. Los turnos distaban en mucho a los actuales, alcanzando alrededor de diez carabineros, quince PDI, quince aduaneros y diez SAG. Los servicios públicos compartían el segundo piso del complejo, mientras las oficinas de atención, estaban en el primero. Los turnos eran de viernes a viernes, semana por medio, de manera que la mayoría de los funcionarios, pasaban más de seis meses en frontera.
Los grandes nevazones no sólo interrumpían el paso, sino que hacían muy difícil la vida de los funcionarios, al colapsar la toma de agua, de manera que, a lo precario de las instalaciones, había que agregar su ausencia. En principio había un equipo llamado de mantención, que eran verdaderos héroes, pues dominaban todos los secretos de la sala de máquinas, pero no sólo eso, en sus mentes estaban los recorridos aéreos y subterráneos de los circuitos eléctricos y de agua potable. Eran tres personajes, similar a los tres mosqueteros, en este caso de la montaña. El burro Morales era el encargado, mientras que sus maestros ayudantes, los incombustibles Tirso de la Hoz y Paletó Vásquez. A ellos se agregaban los icónicos auxiliares de los servicios públicos como: Eduardo Castillo, Bernardo Daza y Roquito, quienes se integraban al equipo en múltiples labores.
La leyenda cuenta que, en esos duros inviernos de los noventa, los cortes de agua eran comunes, debido al colapso de la toma en el veintiocho o curva del agua. El sistema se iniciaba en las vertientes aledañas al túnel, luego se tomaba esa agua en una cámara en la mencionada curva, de ahí a través de cañerías llegaba a otras infraestructuras, donde se cloraba, antes de entrar al Complejo Libertadores. Recuerdo que los primeros en reaccionar eran los militares de la Escuela de Alta Montaña, pues ellos también participaban de ese vital elemento, de ese modo era común ver una patrulla, difuminada entre el viento blanco, para reactivar el flujo, trabajo que no era nada de fácil, pues los pequeños aluviones sellaban la cámara.
No siempre los militares estaban en la Escuela, en ese momento surgía la figura enorme de un funcionario SAG, el comando Fernando Núñez, quien había hecho el servicio militar en el extremo norte, quedando preparado para los gigantescos desafíos que la cordillera ofrecía. Siempre acompañado por alguien, Lucho Vásquez, Castillo o don Tirso, pala a la espalda, raquetas a los pies, y un caminar firme, en busca de la montaña, de la famosa curva del agua, donde cabeza gacha sacaban las piedras, barro y otros materiales que el cerro había traído. Una vez despejada la cámara, un chorro de agua agarraba el curso de las cañerías que, aunque congeladas, cumplían con la finalidad de conducir el agua, para activar la calefacción, baños y bebida.
No olvido los años de funcionario, los crudos inviernos de montaña, los colegas que ya nos han dejado y los otros que llevan los cerros a cuestas. Vivir la cordillera es sentir la historia, esa que viene de los orígenes con picunches, huarpes e incas, es comprender que alcanza el límite, mas no es una frontera que divida con las gentes de allende los andes. Haber vivido el desarrollo de nuestros países en el ámbito comercial también ha sido parte de la aventura. Hoy hemos llegado a los grandes complejos de la modernidad, una que miramos desde el inicio, con las tronaduras que rompieron la roca para emparejar los cimientos. Sin embargo, la historia de la” curva del agua “, nos hizo fuertes, emociona y caló hondo en un trabajo en equipo, donde nuestro comando Núñez, nos guio y salvó, tantas veces.
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