El reciente Proceso de Admisión Universitaria 2026 entregó información que merece un análisis detenido, especialmente respecto de la participación de mujeres en carreras de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM). Según el reporte oficial del Departamento de Evaluación, Medición y Registro Educacional (DEMRE), la representación femenina en estas áreas aumentó de 31,7 % a 32,1 % respecto del proceso anterior. Este avance se acompañó de un incremento del 8,7 % en el número absoluto de mujeres seleccionadas en disciplinas STEM, cifra superior al aumento observado en hombres, que alcanzó un 6,6 %.
Aunque el crecimiento pueda parecer acotado, no es casual ni espontáneo. Responde a una política pública explícita impulsada por el Ministerio de Educación y operativizada a través del sistema de acceso universitario. El programa Más Mujeres Científicas (+MC) incorporó para la Admisión 2026 más de 3.300 vacantes adicionales en carreras STEM, permitiendo que mujeres con puntajes competitivos accedieran efectivamente a estas disciplinas. El resultado fue concreto: más de 1.800 mujeres seleccionadas por esta vía, incidiendo directamente en el aumento de la representación femenina.
Sin embargo, reducir el análisis solo a la creación de cupos sería una lectura incompleta. El avance observado también se explica por un ecosistema institucional que ha comenzado a remover barreras estructurales que históricamente han limitado el ingreso de mujeres a la ingeniería y la tecnología. Hoy, diversas instituciones de educación superior han implementado programas específicos para fomentar la incorporación femenina en áreas STEM, incluyendo becas, vías especiales de admisión y acciones de acompañamiento académico.
El efecto de estas iniciativas es doble. Por una parte, disminuyen el costo económico y el riesgo percibido de ingresar a carreras tradicionalmente masculinizadas. Por otra, envían una señal cultural clara: las instituciones reconocen la brecha y asumen un rol activo en su corrección. Para muchas jóvenes, esa señal resulta decisiva al momento de postular.
Con todo, interpretar estos resultados como un problema ya resuelto sería un error. El principal desafío se encuentra en la permanencia y el egreso. El acceso constituye solo el primer eslabón de la trayectoria formativa; sin acompañamiento académico, redes de apoyo y referentes femeninos visibles, la brecha puede trasladarse desde la admisión hacia la deserción o la subrepresentación en los años superiores.
A ello se suman los sesgos que operan en la elección vocacional temprana. Mientras no se fortalezca la orientación escolar, la exposición temprana a disciplinas STEM y el trabajo sistemático con niñas y adolescentes, el universo de postulantes seguirá siendo menor a su potencial real. Persisten, además, brechas internas por especialidad: no todas las ingenierías avanzan al mismo ritmo y algunas continúan mostrando niveles críticos de subrepresentación femenina.
En síntesis, el aumento de mujeres en STEM observado en la Admisión 2026 constituye una señal prometedora y verificable. Demuestra que cuando el Estado y las instituciones de educación superior actúan de manera coordinada, los resultados comienzan a cambiar. El desafío ya no es solo abrir la puerta de entrada, sino asegurar trayectorias formativas completas, con condiciones reales de permanencia, desarrollo y egreso. Solo así este avance podrá transformarse en un cambio estructural y duradero para el país.
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