Martes, 3 de Febrero de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

Cuando proteger humedales se vuelve incómodo

Por Verónica Irarrázabal, Directora Ejecutiva de Fundación Legado Chile

 

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En el Día Mundial de los Humedales, vale la pena detenerse un momento y reflexionar. Reflexionar sobre lo que hemos avanzado, pero también sobre lo frágil que sigue siendo la protección de estos ecosistemas esenciales. Desde Fundación Legado Chile llevamos 11 años trabajando por la protección y restauración de humedales urbanos, impulsados por la convicción de que no hay desarrollo posible sin una naturaleza sana. Han sido años de trabajo persistente, sostenidos por equipos profundamente comprometidos, capaces de hacer mucho con recursos limitados. Es que en Chile se invierte en conservación menos de $600 pesos por hectárea al año.

Los humedales son ecosistemas clave para la salud del planeta y para nuestra propia calidad de vida. Proveen una amplia gama de servicios ecológicos, sociales y culturales que no solo sostienen la vida, sino que también hacen posible una convivencia más armónica y digna en los territorios. Son verdaderas esponjas naturales: absorben y retienen agua, regulando el ciclo hídrico y permitiendo contar con este recurso vital en períodos de sequía. Además, actúan como sumideros de carbono, capturando y almacenando COS22;, contribuyendo así a mitigar los efectos del cambio climático. En ellos habita una extraordinaria diversidad de flora y fauna: plantas medicinales, especies comestibles y un sinnúmero de aves, organismos acuáticos y especies terrestres que dependen de estos ecosistemas para sobrevivir.

Sin embargo, en los últimos 50 años el mundo ha perdido cerca del 35% de sus humedales, y Chile no ha sido la excepción. Según Naciones Unidas, se trata del ecosistema más amenazado del planeta, desapareciendo a un ritmo tres veces mayor que el de los bosques. Esta pérdida no es abstracta: implica mayor vulnerabilidad frente a inundaciones, escasez hídrica, pérdida de biodiversidad y deterioro de la calidad de vida en nuestras ciudades.

En este contexto, la promulgación de la Ley 21.202 de Humedales Urbanos, en 2020, fue sin duda una buena noticia y un avance significativo. Por primera vez, se reconoció formalmente la relevancia de estos ecosistemas y se estableció la necesidad de incorporar criterios de sostenibilidad en las decisiones que orientan el crecimiento urbano. A la fecha, se han declarado 145 humedales urbanos, reflejo del compromiso de decenas de municipios a lo largo del país. Algunos han logrado integrar estas declaratorias en sus instrumentos de planificación y gestión, avanzando hacia una protección efectiva. Otros, en cambio, aún enfrentan serias limitaciones de recursos, tiempo y capacidades técnicas internas.

Lo más preocupante es lo que ha ocurrido en los últimos años, cuando tribunales ambientales han anulado total o parcialmente algunas declaratorias tras reclamaciones presentadas por privados. Estos fallos nos recuerdan que la institucionalidad ambiental sigue siendo frágil y que opera en un escenario donde conviven e interactúan múltiples grupos de intereses, algunos de ellos anclados en visiones miopes que fantasean con un desarrollo que no depende de una naturaleza sana. En esa discusión, es importante no caer en la idea de que proteger la naturaleza es un freno al bienestar o una traba para avanzar. Las políticas de protección ambiental y territorial existen por una razón. No se trata de elegir


entre ecosistemas o personas, sino de comprender que el bienestar humano depende de sistemas naturales sanos y biodiversos, de suelos estables, de cursos de agua protegidos y de planificación responsable.

Chile ha dado pasos importantes para fortalecer su institucionalidad ambiental, avanzar en sus compromisos de carbono neutralidad y proteger la biodiversidad, como los humedales, o la meta de resguardar el 30% del territorio terrestre y marino al año 2030. Cada uno de estos avances ha sido fruto de largos procesos de investigación, diálogo y negociación. Sin embargo, en un contexto marcado por la crisis ambiental, la incertidumbre, la desinformación y democracias tensionadas, es fundamental mantenernos alertas para no retroceder. El desarrollo, el bienestar y el futuro de todas y todos se juegan, en gran medida, en nuestra capacidad de cuidar y defender estos ecosistemas vitales.

 


 
 
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