Se desplegó en la pantalla, como tantos mensajes similares, sin que lo invitara. Algoritmo o casualidad, lo cierto es que ahí figuraba yo leyendo sobre la destreza de los inuit para fabricar sus ropajes. Tarea que en el ártico poco tiene que ver con moda o estética: es pura sobrevivencia.
Abrigo, usabilidad y durabilidad es lo que han perseguido durante milenios estos hombres y mujeres del extremo norte. Que, valga decir, no se sienten cómodos con ser llamados esquimales ("devoradores de carne cruda"), que es como les conocían otros pueblos de la zona. Si ellos prefieren inuit ("gente"), inuit es su nombre.
En una cultura donde lo sintético no es opción (por tecnología, posibilidades, recursos, tradición, qué más da), la elaboración de sus botas, parkas (palabra siberiana), trajes de agua y otras vestimentas se nutría de los animales a la mano: caribús o renos, focas, osos.
La impermeabilidad, tan necesaria como bien sabemos los pasados de agua en temperaturas bajo cero, la obtuvieron de los intestinos de los mamíferos circundantes.
En una interrelación que duró miles de años, vivieron en circularidad con los ecosistemas en Groenlandia, la gigantesca isla tan mencionada en estos días. Y también en Siberia, Canadá, Alaska.
El posteo abrió el debate.
Unos, alabando la elaboración de ropa con producción local sin contaminar recurriendo al petróleo y sus derivados sintéticos, además de aprovechar todo el animal, que es abrigo pero también comida y artefactos. Otros cuestionando, por el sacrificio de animales para tal faena, más aún cuando tal ropaje era clave para la caza de ballenas.
Este ejemplo apunta a un tema complejo: la responsabilidad ambiental es relacional, se da en un contexto, en un entorno. Lo que en una circunstancia puede ser negativo, en otra es inocuo. O no inocuo, pero al menos con menores externalidades ecosistémicas negativas o desequilibrantes.
Una combustión lenta operando en Coyhaique durante episodios críticos de contaminación atmosférica invernal, no es lo mismo que una en lugares donde el aire tiene la capacidad de absorber la emisión y seguir prestando uno de sus principales servicios al ser humano: aire limpio. El cuerpo de un animal que es arrastrado hacia un río no es asimilable a miles de pollos vaciados en la misma cuenca.
Retornando a los inuit, claramente por su pequeña población podían seguir fabricando ropa y cazando ballenas sin poner en riesgo la existencia de ciertas especies, y con ello el equilibrio ecosistémico en general. A 1900 se calcula que eran unos doce mil los habitantes de Groenlandia. Un número que permitía la armonía con su entorno.
Intentar lo mismo con 100 mil personas generaría un efecto distinto. Prácticamente una tragedia. Y qué decir que intentar cambiar todas las prendas gore-tex existentes en el mundo por ropa de intestinos de focas.
Es lo que se llama capacidad de carga, que va más allá del acto individual.
Es lo que en territorios como Aysén se viene planteando desde hace décadas, con el fin de que sea parte de las políticas públicas pero que en la carrera por el desarrollo entendido como crecimiento infinito, siempre queda en un penúltimo lugar.
Planificación y ordenamiento territorial son conceptos áridos para la ciudadanía en general, desconocidos e incluso subestimados por los tomadores de decisión. Los que luego se quejan por los incendios descontrolados, la falta de agua en los sistema de servicios sanitarios rurales, los rellenos sanitarios que no dan abasto o la propia contaminación atmosférica, donde uno de los orígenes es cuánto material particulado aguanta el aire circundante sin que se asfixien quienes no tienen la posibilidad de escapar hacia otras zonas.
El mundo está viviendo cambios drásticos, a nivel económico, geopolítico, cultural, tecnológico. Y Chile y Aysén también.
Pero hay aspectos que no pasan de moda: reflexionar sobre el impacto que tienen nuestros actos sobre la naturaleza y, con ello, sobre nuestras vidas y la de los demás.
Y eso, más allá del ruido actual, se llama responsabilidad.
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