Viernes, 5 de Junio de 2026  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Memorias del tío Cuyo…

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Durante la temporada estival del 2025, a raíz de un posible control de una corrida de zarzamoras que crecía y crecía, me hablaron del tío Cuyo, un campesino de San Vicente, un todopoderoso con una fuerza prodigiosa, que podía hacer cualquier labor sólo con la fuerza de sus brazos. Nuevas conversaciones a lo largo del año mencionaban al personaje al que, sin embargo, no había podido conocer, haciéndome pensar que su presencia en los campos de Aconcagua era un mito. Recién la semana pasada, en una reunión social, me presentan a don Julio Vargas, el mítico tío Cuyo.

Una larga conversación de su vida en San Vicente, recuerdos de su padre Agustin del Tránsito en los campos de los años sesenta, cuando su niñez era testigo del proceso de la Reforma Agraria. Creció con las historias de esos campos, bajo la administración de la hacienda San Vicente Ferrer de Hugo Jordán entre 1941 y 1957 y posteriormente de Horacio Mena. Una vida a vela, arreos y cultivos en uno de los territorios más productivos del Aconcagua. Con nostalgia va y viene al sonido de las campanas que indicaban las labores, arreos cerro arriba, ovejerías, hornos, bodegas y silos gigantes.

Tío Cuyo se atropella en el relato, pero estoy muy atento, para no perder esa rica información. Sin influir va a uno de los rubros que más lo marcó en la vida de esa gran hacienda, y que por lo demás es uno de mis favoritos, la gran ovejería. Me habla de rebaños de cuatro mil ovejas, de nubes polvorientas que hacen desaparecer el pueblo, de balidos lastimeros durante las pariciones en las frías invernadas de mayo, de peones temporales para la esquila cuando los inquilinos no daban abasto y de ovejeros que junto a sus perros pastores van mirando los alfilerillos y tréboles para la rotación de los potreros.

Quebradas y cordones de cerros, para esas ovejas de raza merino, con trazas de genes de churras y castellanas, que venían de las estancias de Chacabuco desde la colonia. Así se creó un ganado criollo ibérico, que fue rápidamente adaptándose a los piedemontes de nuestro valle. “Huacha, huacha, huacha” era el monótono grito de arreo de los ovejeros andinos, murmullo eterno en lomajes de Potrero Grande, El Bajo, La Viña, Las Higueras, Los Rosales, La Rinconada, El Trigal y El Maizal. Tío Cuyo disfruta el relato, se transporta a los cuentos de su padre, a la casa de piedra, las bajadas de agua y la subida al Buitre. Tampoco falta el perjuicio de los pumas, los corrales de malla borreguera, las tranqueras de espino, ramoneos de quirincas y carreras de carneros con astas afiladas.

Si bien durante gran parte del siglo XX las esquilas fueron a tijera de manera manual, Cuyo fue testigo de los galpones de esquila con máquinas eléctricas. El ciclo de producción se iniciaba con el encaste entre diciembre a enero, lo que significaba pariciones de mayo a junio, borregos con peso de venta en octubre y esquila de las madres entre noviembre a diciembre, previo a la subida a veranadas. Se nota la emoción en sus ojos, el vellón completo se ha sacado de la oveja o carnero, luego se separaba lana sucia de limpia, se extendía para orearla, para proceder finalmente al enfardado. Los embarques en camiones planos, estibados y amarrados a pulso, tomaban destino a los galpones de Santiago y luego a los puertos para la exportación.

La bajada de los piños a mediados de marzo, quedan detenidos en Juncal. Un cigarro lo llama, recordando esas viejas charlas con Agustin del Tránsito, cuando era un niño y comenzaba a subirse a caballo en pelo para galopes indómitos. La verdad que en nada representa los sesenta y ocho abriles, recién me estoy dando cuenta que los comentarios del hombre pueden ser ciertos y los mitos realidades. El relato escapa de las huachas y habla sin desperdicio del ganado cerruco con cachos que recorren los espinales de la estepa, donde vaqueros de grandes chupallas lidian con toros bravos y vaquillas chúcaras. Me cuenta de su potro bayo y andanzas en rodeas de cerro, lazo al viento y topeaduras a corral abierto.

Vuelve a la ovejería y recuerda frases y nombres de lugares, algunos de los cuales ya se han perdido en el tiempo. “Las ovejas están en las majaditas” o “subieron al puesto de arriba por la quebrada honda” … de esa manera todos sabían donde buscar. Nombres de administradores e inquilinos han quedado para siempre en la memoria local: la mancha de Rómulo, el bajo de Mena, el potrero de Jordán, el puesto de don Pedro.

Desconozco si algún día veré al gran tío Cuyo controlar las zarzas al modo campesino… con machete, rozón y el hechizo garabato, pero eso ya ha pasado a un segundo lugar. Su experiencia y diálogos con su padre, Agustin del Tránsito Vargas Barraza, nos ha permitido adentrarnos en la ovejería de antaño, donde pudimos recorrer quebradas y aguadas cordilleranas de nombres costumbristas: ovejería, majaditas, corrales viejos, rodeo, puesto del medio, aguada y las vegas… Larga vida para Julio Vargas Carvajal de los pagos de San Vicente, Calle Larga, Los Andes.

 

 


 
 
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