La sequía de la década del sesenta azotaba sin piedad los campos de la zona central. Eran otros tiempos, prácticamente no había televisión y nos informábamos solamente por la radio de los escuetos pronósticos meteorológicos y no sabíamos nada del fenómeno del niño. Las huellas de los tranques secos y suelos resquebrajados eran las señales fehacientes de un cruel fenómeno que se extendía por varias temporadas. Era un campo creyente, donde las procesiones detrás de un santo se multiplicaban en casi todos los sectores. Si bien las liturgias ayudaban a la esperanza, un par de veteranos de la época eran los sabios para enfrentar una solución.
Erasmo Vilches bajaba de un gran cerro llamado Miltil de Leyda, en la costa interior de nuestra región. Su caballo colorado brillaba con los rayos del sol, la chupalla le tapaba prácticamente sus ojos y una teatina que masticaba lo distinguía… si bien su trabajo era la ovejería extensiva la experiencia llevaba ese relato ancestral de mil batallas en la producción de las praderas suplementarias que comulgaban con los pastos naturales. Por vez primera me tocó escuchar la palabra “barbecho”, un trabajo de la tierra seca que controlaba las malezas y aparentemente agrandaba los páramos que la falta de lluvia mostraba.
El aguacero no llegaba, sin embargo, lomajes eternos del sector de La Cruz se araban y cruzaban, como esperando el milagro. Manuel Vera de un caminar cansino, encargado de los amasijos de la hacienda, también era partidario del barbecho…con muchos años de riego en grandes potreros de alfalfa, dominaba el concepto. Expresiones como “barbecho bien hecho, granero satisfecho”, nos transportan al fundo antiguo, acumulando los chubascos que finalmente aparecían, llenando de humedad el perfil del suelo, ideal para el momento de la siembra.
En los años ochenta mi profesor de Manejo de Praderas en la Universidad de Chile me llevaba a los barbechos de la hacienda, a la bajada del Miltil y lomajes del cerro La Cruz. El concepto era absolutamente diferente al páramo que me imagine de niño en la sequía de los años sesenta, el tractor y su equipo de aradura entraban al potrero durante abril, cabeceras y cruzas en mayo, para incorporar la materia orgánica, conservar agua al formar una especie de mulch que protege la humedad impidiendo la evaporación, controlar malezas, mejorar la fertilización, romper la compactación y disminuir la presencia de plagas y enfermedades.
No sólo recuerdo los conceptos del barbecho y ese hilo conductor con la hacienda de los sesenta, otro número me marcó en aquella cátedra: para que una lluvia sea efectiva y penetre por capilaridad al suelo en los terrenos trabajados, debe alcanzar a lo menos 10 milímetros. “Esta sí que caló hondo”, se decía en el Aconcagua viejo, pues esa cantidad de agua por hectárea equivale a cien mil litros, de manera que penetra profundamente el perfil de suelo, llega a las raíces de los cultivos y bajan las pérdidas de evaporación. Ya después de los ochenta, todo cambió en el valle, ya que los terrenos se plantaron con frutales y nuestros campos abandonaron los barbechos.
Mientras Erasmo enterraba una pala en terreno arado para ver la efectividad de la lluvia, al no contar en el campo con un pluviómetro, el viejo Manolo se agachaba con dificultad y hacía una pelota de barro con sus manos, si no se deshacía rápidamente, la lluvia había sido provechosa. “Tierra suelta toma agua, tierra dura la bota”, otro dicho de antaño con la sabiduría de la experiencia, de esa manera no había escurrimiento superficial, los lomajes no producían cárcavas y la cosecha de agua profunda era total. Tierras barbechadas y precipitaciones sobre los 10 milímetros hacen la ecuación perfecta.
Vuelvo a la sequía de los sesenta, a la sabiduría de ambos veteranos, al movimiento cansino de uno y al trote seguro del colorado. También a la historia de nuestro valle, a los quinientos años de graneles y cáñamo, a los barbechos de lomajes, los años de rotaciones y suelos en descanso, a los dichos campesinos que resguardaban el agua y al estimado profesor Alfredo Olivares Espinoza y su reflexión mágica de los 10 milímetros.
|