La vida de Paulo González Tapia trasciende campo, folklore y leyendas. Basta un café para que vaya a los relatos antiguos de su tierra, Alto del Puerto, donde mucho antes que los asfaltos cubrieran los caminos, por allí pasaban tropas de mulas, caballos y ganado. Los cencerros sonaban en las madrugadas del valle mientras los arrieros buscaban la cordillera, siguiendo rutas de herraduras antiguas que venían de tiempos indígenas y que conectaban Aconcagua con el otro lado de Los Andes. La Casa de Abajo, sugiere ese ambiente silencioso que observaba durante generaciones el paso de campesinos, arrieros y viajeros por el valle.
Paulo recorre permanentemente Alto del Puerto, más que una calle un concepto, que viaja a la mirada de los primeros habitantes, en un ir y venir de intercambio de productos y ganado. Lo acompaña su viejo caballo Hippie, un huesudo alazán, imagen que recuerda ese clásico de los caminos manchegos, llanuras extensas, campos de cultivo y pueblos rurales que evocan la vida tradicional de los siglos XVI y XVII en España. Se atropella en la descripción del territorio, describe tranqueras y alambrados que hacen las cercas antiguas, apareciendo por vez primera en la conversación la palabra tradiciones, cómo alejándose de circunscribirla sólo a un concepto festivo.
Puede mirar al pasado hasta sus bisabuelos, que habitaban ya la Casa de Abajo, por allá en los campos de hacienda. Va rápidamente a su niñez cuando su padre Rolando González relataba en noches de leyendas los cuentos de misterio que normalmente el bisabuelo de Pablo sacaba de su bitácora. Pasaban los años y estrecheces económicas de los ancianos parientes llevaban a remate la propiedad, la historia, vivencias, miradas por la ventana y recuerdos de vida. La notaría estaba designada, el comprador también, una historia casi escrita, a no ser por la determinación de Rolando, quien puso sobre la mesa, antes que bajara el martillo los mil quinientos escudos que salvaron el patrimonio familiar.
Cuando se dice que el mundo es un pañuelo, le contaba a Paulo, que estando en tercer año de Agronomía en la Universidad de Chile en 1981, en la especialidad de producción animal vinimos desde Santiago a visitar un feedlot (engorde a corral) a la localidad de San Vicente, Calle Larga. Increíblemente nos recibió don Rolando González, su padre, quien manejaba su propia producción en los corrales, frente a los históricos silos. Fue una experiencia única al ver el funcionamiento de los silos centenarios y los comederos llenos de vacunos que alcanzaban alrededor de 600 kilos. Faltaban aún tres años para que Paulo llegara a este mundo, donde posteriormente jugaría arriba de las rumas de fardos, aprendería el gusto por los caballos y alzaría su mirada al incomparable Cajón de Arunco.
Caminamos al potrero de la Casa de Abajo, una cálida brisa de mediodía nos acompaña, a pesar del frío junio que estamos viviendo en el valle. Un puñado de caballos nos mira sin prisa, como emulando la calma que refleja Paulo, unos palmoteos de cogote y sigue el relato de antaño, yendo como con una fijación a los corrales de San Vicente. La ganadería de los años noventa y dos mil en Aconcagua, tan diferente a la actual, una melancolía que emociona, época de remates, engordas a corral, viajes a la feria, trato directo con las carnicerías y esos camiones con letrero de transporte de ganado. Recuerda con detalle cuando salaba los cueros de animal y los secaba dentro de uno de los grandes silos, al parecer ese fue su último uso de los gigantes de San Vicente.
Ya estamos sentados con otro café, empanada de pino, charqui a la chilena una gata amarilla merodeando y su perrita regalona llamada Pintona. Trato de descifrar las razones de que un muchacho andino se esfuerce en trabajar por las tradiciones y se haya quedado en nuestra tierra. Qué tiene este músico desgarbado dentro de su alma para entregarnos en la Casa de Abajo… Nos dice que es un refugio de memoria, que en sus murallas se entrecruzan antiguos habitantes del valle, de los arrieros, primeros agricultores que aprendieron a leer las estaciones y de familias campesinas que forjaron la identidad de Alto del Puerto. Busca ese patrimonio invisible: el modo de hablar, de compartir, de trabajar y entender la vida.
Sería injusto no hablar de sus noches de luna y el relato de su amada cueca, pues el entiende que cada canto, cada rasgueo de guitarra y cada zapateo evocan la historia de quienes poblaron esta tierra, transformando la Casa de Abajo en un puente entre el pasado y el presente.
Me despido de Paulo, desaparece detrás del portón, mas su imagen queda en mi recuerdo y no puedo disociarla de ese caballero andante del sector de La Mancha, representando al hombre que se niega a abandonar sus ideales, viendo valor donde otros ven ruinas y que lucha por preservar un mundo que considera noble. Ya debe estar en el potrero de la Casa de Abajo, recordando su corral amuleto número trece y mirando a lontananza el mítico Cajón de Arunco…
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