Era una tarde de domingo 26 de julio, después de varios días marcados por las inclemencias del tiempo en gran parte del país. Caminaba por la avenida Suiza, en Traiguén, provincia de Malleco, disfrutando de esa calma que suele llegar cuando la lluvia concede una tregua. Como de costumbre, llevaba mi celular en el bolsillo y, como tantas otras veces, una escena cotidiana me hizo detenerme por un momento. Dos adultos mayores conversaban sentados en un banco de la plaza. Los saludé y respondieron con una sonrisa sincera. Solo entonces, mientras continuaba mi camino, tomé la fotografía sin que ellos se percataran.
Mientras seguía mi recorrido, no pude evitar preguntarme cuántas historias habría detrás de ese encuentro. ¿Cuántos años de amistad? ¿Cuántas alegrías, dificultades y recuerdos compartidos? Nunca lo sabré. Pero comprendí que no hacía falta conocer sus nombres para entender el valor de ese instante. Hay imágenes que no destacan por su espectacularidad, sino porque nos invitan a detenernos y observar aquello que, con demasiada frecuencia, pasa inadvertido en medio de la velocidad con que vivimos actualmente.
Vivimos en una época en la que la inteligencia artificial, la tecnología y la inmediatez parecen marcar el ritmo de nuestras vidas. Cada día surgen herramientas capaces de realizar tareas cada vez más complejas en menos tiempo. Sin embargo, mientras contemplaba aquella sencilla escena, pensé que hay algo que ningún avance tecnológico podrá reemplazar, especialmente en los pueblos donde la vida aún conserva espacios para el encuentro cotidiano. Me refiero a una conversación sin apuro, un saludo acompañado de una sonrisa, una plaza como lugar de encuentro y el tiempo compartido entre dos personas.
Como profesor de Historia y Ciencias Sociales, suelo recordar – especialmente cuando observo - que ninguna sociedad puede construir su futuro olvidando su memoria. Pasado, presente y futuro se entrelazan permanentemente para comprender quiénes somos y cómo queremos proyectarnos. Nuestros adultos mayores son parte de esa memoria viva. En ellos habitan experiencias, aprendizajes y relatos que ningún libro ni medio digital alcanza a reunir por completo y que ninguna inteligencia artificial podrá recrear con la autenticidad de quien los vivió. Escucharlos, respetarlos y valorar su historia no es un gesto de nostalgia, más bien es una forma de comprender quiénes somos y de reflexionar sobre el tipo de sociedad que queremos construir. Cuánta falta nos hace esto, ¿no?
Aquella fotografía, tomada simplemente con un celular, no pretende destacar una técnica ni una composición (de hecho, está muy lejos de ser perfecta). Solo busca conservar un instante que me recordó que mientras el mundo continúa acelerando y la tecnología redefine nuestra forma de vivir, siguen existiendo espacios donde nada puede reemplazar el encuentro entre las personas, una conversación sincera y una sonrisa compartida. El tiempo dedicado al otro siguen siendo el mejor recordatorio de que el verdadero progreso solo tiene sentido cuando no olvidamos aquello que nos hace profundamente humanos.
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