Cada agosto conmemoramos el Día Internacional de las Juventudes, ocasión para revisar sus desafíos. Entre ellos hay uno que parece haber desaparecido de la conversación pública, aunque sigue vigente: el VIH.
Quienes crecimos en los ochenta y noventa recordamos campañas construidas desde el miedo, cuando el diagnóstico se asociaba casi siempre a una enfermedad grave. Hoy, con tratamiento antirretroviral, una persona con VIH tiene una expectativa de vida similar a la población general, y quien mantiene carga viral indetectable no transmite el virus por vía sexual. Ese avance trajo un problema nuevo.
Los adolescentes ya no perciben el VIH como una amenaza cercana, pero el virus no desapareció. Según el Informe Epidemiológico VIH/SIDA 2026 del Minsal, buena parte de los nuevos diagnósticos se concentra en jóvenes. Cambió la percepción del riesgo, no el riesgo mismo.
¿Confundimos el éxito del tratamiento con la desaparición del problema? Los adolescentes tienen acceso casi ilimitado a información y conocen el preservativo, pero las decisiones sobre sexualidad rara vez se toman desde una clase, sino desde la confianza en la pareja o la idea de "esto no me va a pasar a mí".
La prevención necesita espacios para preguntar sin vergüenza, consejería con evidencia, testeo donde están los jóvenes y profilaxis preexposición.
El VIH no dejó de ser un problema porque exista tratamiento. Cambió el contexto y deben cambiar las estrategias de prevención. La pregunta no es si los adolescentes le temen al VIH, sino si construimos una prevención a la altura del mundo en que viven hoy.
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