Hablar de bienestar cuando una persona enfrenta una enfermedad terminal puede parecer contradictorio. Solemos relacionar este concepto con estar sano, recuperar la funcionalidad o superar una enfermedad. Pero ¿Qué ocurre con el bienestar cuando ya no es posible recuperar la salud? El bienestar no necesariamente desaparece; puede cambiar de forma y comenzar a encontrarse en aspectos que antes parecían secundarios; como sentirse acompañado, conservar vínculos importantes, encontrar sentido o simplemente decidir cómo vivir el tiempo restante.
Una enfermedad terminal modifica proyectos, rutinas, roles y certezas. De pronto, la persona queda frente a frente con su propia fragilidad y con aquello que durante años pareció lejano: la posibilidad de morir. El futuro se acorta, las prioridades cambian y surgen preguntas profundas sobre la vida, el tiempo y lo que realmente importa. Cuando la curación deja de ser posible, el cuidado no pierde su sentido, sino que cambia de dirección. Aliviar los síntomas sigue siendo fundamental, pero ya no basta por sí solo. La persona continúa necesitando ser escuchada, acompañada y reconocida por su historia, sus vínculos significativos y aquello que da sentido a su vida. Debemos entender que una persona no es su enfermedad: sino alguien que está viviendo una experiencia de enfermedad, y esa experiencia no borra quién es, ni quién ha sido.
Pamela Reed propuso la Teoría de la Autotrascendencia a partir de una idea profundamente humana: incluso en momentos de gran vulnerabilidad, como una enfermedad terminal, una persona puede seguir encontrando formas de bienestar. Esto puede ocurrir al mirar su propia historia con otros ojos, acercarse a quienes son importantes, reconocer lo que ha vivido y conectarse con aquello que le dé sentido. Reed plantea que, en estas experiencias, la persona puede ir más allá de la enfermedad y encontrar nuevas formas de comprender su vida, sus vínculos y el tiempo que le queda. Así, cuando la curación ya no es posible, el bienestar puede transformarse y adquirir un significado distinto. Esto no significa romantizar la enfermedad, ni esperar que una persona encuentre obligatoriamente algo positivo en el sufrimiento. Muchas veces habrá miedo, tristeza, rabia, incertidumbre e incluso momentos en que encontrar sentido parezca imposible. Precisamente por eso, cuidar no debería significar imponer una determinada forma de enfrentar la muerte, sino acompañar a cada persona desde aquello que para ella tiene valor.
Quizás necesitamos ampliar nuestra propia idea de bienestar. Volviendo a la pregunta inicial ¿Qué ocurre con el bienestar cuando ya no es posible recuperar la salud? El bienestar no necesariamente desaparece; se puede transformar. Podemos encontrarlo en sentirnos acompañados, poder decidir, mantener cerca a nuestros seres queridos, cerrar asuntos pendientes o encontrar sentido en lo vivido. El desafío no es enseñar a una persona a trascender su enfermedad, sino acompañarla para que pueda vivir este proceso desde su propia historia, sus valores y aquello que sigue siendo importante para ella. Porque cuando curar deja de ser posible, todavía se puede cuidar aquello que permanece: la dignidad, los afectos, las decisiones y el sentido de la propia vida.
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