A propósito de la nota que cuestiona a Emilia Dides por haberse realizado un procedimiento estético con ácido hialurónico durante la lactancia de su hija de un mes, quisiera aportar una reflexión desde la salud sexual y reproductiva, pero también desde la experiencia cotidiana de la maternidad.
Hoy, las madres continúan enfrentando expectativas rígidas e idealizadas: se nos exige entrega total, coherencia absoluta con lo que otros consideran "correcto" y una abnegación sin matices. En ese marco, cualquier decisión personal que no calce con la imagen de la madre sacrificada suele transformarse en motivo de escrutinio público.
Desde el punto de vista clínico, los rellenos con ácido hialurónico son procedimientos locales, con mínima absorción sistémica, y la evidencia disponible no los considera una contraindicación formal para la lactancia. Como en toda intervención, corresponde evaluar riesgos y beneficios de manera informada y con apoyo profesional. Sin embargo, transformar una decisión tomada en ese contexto en un juicio moral parece desproporcionado.
El puerperio implica cambios físicos, emocionales y sociales intensos. Las mujeres enfrentan transformaciones profundas y una presión adicional por "volver a ser" como antes. En ese escenario, optar por un procedimiento estético no debiera interpretarse como frivolidad, sino como una expresión legítima de autonomía corporal.
Tal vez la pregunta no sea si una madre puede o no aplicarse ácido hialurónico, sino por qué seguimos creyendo que la maternidad implica renunciar al derecho a decidir sobre el propio cuerpo. La salud materna también comprende bienestar emocional, autoestima y autonomía. Si queremos promover una maternidad respetuosa, necesitamos menos fiscalización social y más acompañamiento informado.
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