No me identifico con todas las ideas de Gloria Steinem, la periodista, escritora y activista estadounidense que lideró la segunda ola feminista del siglo XX. Sin embargo, una de sus ideas me hace mucho sentido y ha acompañado mi trabajo como historiadora. Dice Steinem: una simple ojeada a nuestros apuntes y listas de lecturas, o a los programas y hojas de examen, evidenciaría que desde que entramos a la guardería hasta que terminamos el doctorado, las niñas y las mujeres nos dedicamos con tesón a estudiar nuestra propia ausencia.
Creo que tiene razón. Basta abrir un manual escolar, revisar un plan de estudios o repasar esos nombres que ha conservado la memoria histórica para advertir que, muchas veces, las mujeres aparecen como excepciones, notas al margen o personajes secundarios. Y así, sin darnos cuenta, aprendemos que quienes hicieron cosas notables y pensaron grandes ideas fueron, mayoritariamente, hombres. Por supuesto, no es que no haya habido varones admirables -los hay y muchos-, pero hay otras tantas mujeres que participaron de los procesos históricos y fueron clave en ellos, cuyos nombres, sin embargo, pasaron al olvido.
Gloria Steinem murió esta semana, a los 92 años. Con ella desaparece una figura fundamental de la historia del feminismo contemporáneo: una mujer que planteó los temas de justicia e igualdad como asuntos ineludibles de la conversación pública y la decisión política. Fundó la revista Ms., creó organizaciones políticas y sociales, escribió y, sobre todo, incomodó. También fue criticada y cuestionada desde el propio feminismo, pero esa incomodidad es parte de su importancia histórica.
Steinem no fue una activista de escritorio. Antes de convertirse en rostro del feminismo estadounidense, se infiltró en el Playboy Club de Nueva York, haciéndose pasar por una “conejita”. Durante once días observó y experimentó las condiciones de trabajo, los bajos salarios y las formas de humillación a las que estaban sometidas esas mujeres. Su reportaje, publicado en 1963, hizo visible lo que el glamour escondía.
Esa manera de actuar resume, en parte, lo que ella entendía por feminismo: “no es una idea radical, es la idea simple de que las mujeres deben ser tratadas como seres humanos”. Y desde ahí debería valorarse su legado. Steinem no entendió el feminismo como una guerra contra los hombres. Su adversario era la injusticia y, desde esa perspectiva, los varones también debían participar en un proceso de transformación.
Esa distinción sigue siendo necesaria. El feminismo no debería consistir en invertir una jerarquía para reemplazarla por otra, sino en cuestionar las diferencias injustas, de manera que el sexo no determine a priori cuánto podemos ser, hacer, pensar, decir o llegar a ser.
Por eso, entre tantas frases y debates que dejó Gloria Steinem, vuelvo a la que habla de nuestra ausencia. Porque una de las formas más silenciosas de la desigualdad es la omisión: esa que, al negar el reconocimiento debido, ha creado la falsa ilusión de que la participación femenina no fue tan relevante en la historia, cuando, en realidad, a lo largo del tiempo, la colaboración entre hombres y mujeres ha sido la única forma de avanzar como sociedad.
|