La autoestima comienza a construirse en las primeras experiencias vinculares, siendo de mucha importancia las respuestas que se reciben por parte de adultos significativos, como padres, madres, cuidadores y profesores, entre otros.
Cuando un niño o niña experimenta aceptación, afecto y oportunidades para desarrollar sus capacidades, va generando una percepción positiva de sí mismo/a, lo que es fundamental para los procesos de aprendizajes.
Existe una relación muy cercana entre autoestima y rendimiento escolar, sin embargo, no se puede afirmar que siempre que un infante tenga menor rendimiento en la sala de clases se deba a una baja autoestima; también pueden mediar aspectos pedagógicos, familiares, económicos, cognitivos, emocionales y de contexto.
Si bien es importante sentirse bien consigo mismo desde temprana edad, también es necesario desarrollar un sentido de autoeficacia, que se traduce en concebirse como alguien competente. Para ello, no basta con que padres y madres realicen elogios constantes; se requieren experiencias concretas de aprendizaje, en las que se valore el esfuerzo, perseverancia y superación.
Reforzar cada logro por pequeño que sea puede generar una percepción de confianza y seguridad en las capacidades de los infantes; ir más allá de la nota, significa reconocer en el niño o niña todo lo que ha realizado para alcanzar una meta. Aun cuando no logre el resultado esperado, siempre se puede encontrar algo positivo que destacar.
Es fundamental recordar que nuestros niños son personas que requieren apoyo, contención emocional, límites, cariño, respeto en todos los ámbitos, tanto familiares como escolares, marca una gran diferencia en la experiencia de aprendizaje.
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